Curiosidad · Del catálogo de Margen
¿Qué bajó del lago Nyos y mató a 1.746 vecinos?

Agosto de 1984
Treinta y siete personas murieron cerca del lago Monoun, en Camerún. Los cuerpos aparecieron junto a una carretera y no tenían las lesiones que habría dejado una explosión.
Una hipótesis señaló al dióxido de carbono acumulado en el lago. Costaba aceptar que un lago pudiera soltar gas suficiente para matar fuera de sus orillas, y no se impuso.
21 de agosto de 1986, por la noche
Las familias de Nyos, Cha, Subum y Fang se acostaron alrededor del lago Nyos. Unas horas después, pueblos enteros habían dejado de responder.
Las casas seguían en pie. No había fuego, ni riada, ni un cráter nuevo cruzando los caminos.
Joseph Nkwain estaba con su familia. Contó después que oyó a su hija respirar mal, que quiso llegar hasta su cama y que perdió el conocimiento antes de alcanzarla.
Fuera, aquello avanzaba pegado al suelo. Entró en las casas bajas, siguió los desniveles y bajó por los valles. Casi todos los muertos estaban durmiendo.
22 de agosto de 1986
Los primeros en entrar en las aldeas fueron los vecinos de los pueblos de alrededor, que llegaron a recoger y enterrar cuerpos. Los equipos formales de intervención salieron hacia la zona al día siguiente.
Los que sobrevivieron habían despertado horas después, mareados y sin fuerza. Los que dormían en alto tuvieron más suerte, y también se salvó gente que estaba de pie en un cerro cuando la corriente pasó por debajo.
Encontraron ganado inmóvil, vecinos caídos y moscas muertas. Ese último detalle era el más raro: aquello había llegado hasta los insectos y no había roto una puerta.
Varios supervivientes hablaron de olor a huevo podrido o a pólvora. El dióxido de carbono no huele. De dónde salía ese olor se discutió durante años: el informe de 1987 apuntó a una percepción provocada por concentraciones altísimas de CO2, y trabajos posteriores rechazaron esa explicación. Sigue sin cerrarse.
El recuento acabó en unas 1.746 personas y unas 3.500 cabezas de ganado, repartidas entre los cuatro pueblos. No estaban todos a la misma distancia del agua: aquello había salido de la cuenca y había viajado siguiendo el terreno.
Las primeras hipótesis
Una erupción volcánica parecía la respuesta inmediata: el lago ocupa un cráter y debajo hay actividad magmática.
Pero no apareció ceniza reciente, los cuerpos no tenían quemaduras, las casas no se habían caído y la vegetación no mostraba el daño por calor que deja una erupción. Lo que seguía intacto era todo: las cocinas, las camas, las cercas.
También circuló la idea de un arma. Tampoco encajaba: no había restos de explosivo, ni impactos, ni una zona de detonación desde la que reconstruir un ataque.
Había que mirar el escenario menos espectacular. El lago seguía allí.
El lago
El agua había cambiado de color. Antes se veía azul; ahora tenía un tono rojo ferruginoso. Eso indicaba que agua profunda, cargada de hierro, había subido hasta la superficie y se había oxidado al tocar el aire.
Cerca de la orilla, varios árboles yacían tumbados en la misma dirección. Algo había desplazado agua con mucha fuerza.
Equipos cameruneses, franceses y estadounidenses empezaron a estudiar el agua por capas, bajando instrumentos hacia el fondo en vez de conformarse con la superficie. La diferencia entre arriba y abajo era la clave: cuanta más profundidad, más gas disuelto.
Medirlo no era trivial. Al subir una muestra de agua profunda a la superficie, la propia botella se convierte en el experimento: la presión cae por el camino y el gas empieza a salir antes de llegar arriba. Hubo que llevar el instrumento al gas en lugar de traer el gas al instrumento.
El lago tiene unos 200 metros de fondo. Debajo, el magma libera dióxido de carbono, que se filtra hacia el agua profunda sin necesidad de ninguna erupción de lava.
El mecanismo
En el fondo, la presión de toda la columna de agua mantiene ese gas disuelto. El lago es una botella de gaseosa de 200 metros de alto: mientras la presión aguanta, el gas cabe dentro del líquido. Cuando la presión baja, salen burbujas.
En Nyos, el agua profunda llevaba mucho tiempo recibiendo CO2. No hacía falta que el lago hirviera ni que el volcán explotara aquella noche. Bastaba con que una parte de esa agua saturada empezara a subir.
El desencadenante exacto no llegó a establecerse: pudo ser un desprendimiento, un enfriamiento de la superficie, una lluvia fuerte o una mezcla de cosas.
Lo que vino después sí se pudo reconstruir. Al subir, el agua soportaba menos presión y soltaba burbujas. Las burbujas aligeraban la mezcla, que subía más deprisa. Ese movimiento arrastraba más agua cargada del fondo, que perdía presión, soltaba más burbujas y aceleraba otra vez.
La reacción se alimentó a sí misma.
En pocas horas salió del lago una cantidad enorme de dióxido de carbono. El fenómeno tiene nombre: erupción límnica. No expulsa lava; vacía de golpe el gas acumulado en las capas profundas.
El recorrido
El CO2 es más denso que el aire. Al rebasar el borde del cráter, la nube no subió ni se dispersó: cayó hacia las zonas bajas, entró en los valles y avanzó pegada al suelo a una velocidad estimada de entre 20 y 50 kilómetros por hora.
Donde se acumuló, desplazó el aire respirable a la altura de un cuerpo tumbado. Una persona dormida podía perder el conocimiento sin llegar a levantarse. Quien estaba más arriba quedaba fuera de la parte más concentrada.
Los animales pastan y duermen a ras de suelo. De ahí las 3.500 cabezas, y las moscas.
Eso explica también las supervivencias que parecían caprichosas. En una misma casa se salvó quien dormía en el altillo y murió quien dormía abajo. Hubo gente que aguantó de pie y perdió el conocimiento al agacharse. Y los que echaron a andar cuesta arriba, hacia las lomas, salieron de la nube en pocos minutos; los que corrieron por el camino, que va por el fondo del valle, corrieron dentro de ella.
El otro problema
Al estudiar la cuenca apareció un peligro que no tenía que ver con el gas. El agua del lago la sujeta una pared natural de roca volcánica poco compacta, y esa pared se estaba erosionando. Si hubiera cedido, se habrían vaciado de golpe millones de metros cúbicos valle abajo, hacia los pueblos de la ruta hasta Nigeria. Ese riesgo se atacó aparte: hacia 2013 inyectaron cemento en la roca y le pusieron encima una losa de hormigón para frenar la erosión. Hoy se da por conjurado.
Los años siguientes
Monoun dejó de parecer una anomalía: dos lagos de cráter cameruneses habían acumulado CO2 en profundidad y lo habían soltado de golpe. La pregunta pasó a ser cuánto gas quedaba dentro de Nyos y si podía volver a cargarse.
Sacarlo todo de una vez podía desestabilizar el agua; dejarlo quieto mantenía el peligro. Había que liberarlo poco a poco.
Michel Halbwachs, físico e ingeniero de la Universidad de Saboya, y Jean Grangeon demostraron cómo hacerlo con un tubo vertical.
2001
El primer tubo de desgasificación empezó a funcionar en el lago Nyos. Bajaba hasta el agua profunda y cargada de CO2. Al arrancar el bombeo, esa agua subía; por el camino perdía presión y el gas formaba burbujas; la mezcla se aligeraba y ganaba velocidad hasta salir por arriba convertida en un surtidor.
Y una vez arrancado, seguía solo: el propio gas al escaparse mantenía la columna en marcha, sin necesidad de bombear desde el fondo.
2011
Se instalaron dos tubos más. El magma sigue debajo aportando dióxido de carbono; los tubos solo impiden que vuelva a acumularse hasta el nivel que tenía en 1986.
A los supervivientes de los cuatro pueblos los evacuaron a campamentos y muchos tardaron años en poder volver. El valle se repobló despacio y con gente que no siempre era la misma.
El testimonio
Joseph Nkwain sobrevivió. De su relato de aquella noche quedó esta frase: «No podía hablar».