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Idea · Del catálogo de Margen

Los mismos datos al revés y eligen otro tratamiento

En 1982, a unos participantes les plantearon una elección real de la medicina: cirugía o radioterapia para un cáncer de pulmón operable. A unos les contaron el pronóstico por la gente que seguiría viva. A otros les contaron exactamente los mismos números por la gente que se moriría.

En el primer grupo eligió la radioterapia el 18 %. En el segundo, el 44 %. La misma operación, con las mismas probabilidades, se quedó sin más de la mitad de sus partidarios solo porque el papel hablaba de muertos en vez de vivos.

Nadie cambió de opinión, porque nadie vio las dos versiones: eran grupos distintos, con los mismos datos redactados al revés. Lo que se movió fue la proporción. El estudio es de Barbara McNeil y su equipo, en el New England Journal of Medicine, y lo pasaron a pacientes, a estudiantes y a médicos en ejercicio. La diferencia apareció en los tres grupos, médicos incluidos.

Amos Tversky y Daniel Kahneman habían publicado un año antes en Science el experimento del que sale todo esto.

Plantearon un brote que iba a matar a 600 personas y dos programas para combatirlo. Contados por lo que se salva: el seguro salva a 200; el arriesgado tiene una posibilidad entre tres de salvar a las 600 y dos entre tres de no salvar a nadie. Eligió el seguro el 72 %.

A otro grupo le dieron los mismos dos programas contados por lo que se muere: con el seguro mueren 400; con el arriesgado hay una posibilidad entre tres de que no muera nadie y dos entre tres de que mueran las 600. Ahí eligió el arriesgado el 78 %.

Conviene hacer la cuenta despacio, porque es donde está el truco. El programa seguro del primer grupo salva a 200 de 600: quedan 400 muertos. El programa seguro del segundo grupo mata a 400 de 600: quedan 200 vivos. Son el mismo programa. Y los dos arriesgados también son el mismo: un tercio de posibilidades de que no muera nadie, dos tercios de que mueran todos. No hay una sola cifra distinta entre las dos versiones.

Un grupo se quedó con lo seguro; el otro, con casi las mismas ganas, prefirió apostar.

Lo que cambia es dónde te ponen el cero. Si la frase habla de vidas salvadas, el cero está en que no se salve nadie, y 200 vivos se leen como una ganancia: se protege lo ganado. Si habla de muertes, el cero está en que no muera nadie, y 400 muertos se leen como una pérdida, y ante una pérdida segura mucha gente prefiere jugársela. Los números no se han movido; se ha movido el cero.

Esto está fuera de los laboratorios, y lleva ahí desde antes de que se estudiara. En 1988, Irwin Levin y Gary Gaeth le dieron a probar carne picada a un grupo de gente. A unos les habían enseñado la etiqueta «75 % magra» y a otros «25 % de grasa». Era la misma carne. Los que habían leído «75 % magra» la puntuaron mejor en sabor, en calidad y en lo poco grasienta que les había parecido, y siguieron puntuándola mejor incluso después de comérsela.

La academia de al lado de tu casa anuncia un 85 % de aprobados y no un 15 % de suspensos. Y cuando firmas una comisión que «solo» es del 1,5 %, sobre 1.000 euros son 15 euros que no vuelven.

El banco que presume de un 97 % de clientes satisfechos está diciendo que 3 de cada 100 no lo están. Suena a poco hasta que le pones el tamaño: si el banco tiene dos millones de clientes, son sesenta mil personas descontentas. La cifra no ha cambiado; la has mirado por el otro lado y ahora ocupa un pueblo entero.

Nada de esto exige mala fe. Alguien tiene que decidir por dónde empieza la frase, y esa decisión ya empuja, aunque quien la escribe esté siendo honrado y te haya puesto todos los datos delante.

Mañana, antes de decidir nada con un porcentaje delante, dilo en voz alta por el otro lado —si te dan el 90 que sobrevive, di el 10 que no— y decide con las dos cifras a la vista.