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Relato · Del catálogo de Margen

Tolo mete sus croquetas de verdad en la toma 14

—Eso no es cerveza.

—No, no es cerveza. Buenos días.

—Llevo cuarenta años tirando cañas en esta barra y eso no es cerveza.

—Es agua con un chorro de lavavajillas y una pizca de sal. La espuma de la cerveza de verdad se muere en noventa segundos y yo necesito que aguante cuarenta minutos. Soy Ofelia Calvache, estilista de alimentos. Me paga la agencia para que lo que sale en el plano se vea apetecible desde el primer plano hasta el último.

—Bartolomé Mairal. Tolo. El bar es mío.

—Lo sé. Su nombre sale en el rótulo del segundo once.

—Entonces dígame por qué en mi barra hay un tubo lleno de lavavajillas.

—Porque la cerveza no sale en el anuncio. El anuncio es de croquetas. La cerveza es decorado, y el decorado se puede maquillar todo lo que haga falta.

—¿Y los hielos?

—Acrílico. Pesan la mitad y no sudan.

—¿Y lo mojado del cristal?

—Glicerina con agua, a espray. Primero una pasada de laca para que la gota se agarre y no resbale.

—Hostia.

—Y el perejil que tiene usted ahí al lado lleva glicerina también, porque se mustia en diez minutos con este foco. Y las marcas de la parrilla del chorizo del fondo las he hecho yo con una aguja de brocheta al rojo, una por una.

—Oiga, ¿y la gente se come eso después?

—Nadie se come nada de esto, señor Mairal. Menos las croquetas.

Ixone Arizkun, la directora del anuncio, dio dos palmadas desde detrás de la cámara.

—Toma nueve. Y, Ofelia, la de delante se ha caído.

—Ya la veo.

—Se ha caído, ¿cómo que se ha caído? —Tolo se asomó al plato—. Pero si está entera.

—Está entera y está derrotada. Mire el perfil. Hace veinte minutos era una pelota y ahora es un cojín. La bechamel de dentro se calienta con el foco, se afloja y la croqueta se sienta. Eso en pantalla grande se nota muchísimo.

—¿Y qué hace?

—Cambiarla. Tengo ciento veinte.

—Ciento veinte croquetas para un anuncio de veinte segundos.

—Para cuatro planos de cinco. La marca me ha traído seis bandejas y las tengo en nevera en el patio. Saco de ocho en ocho, las frío aquí, elijo las dos que han salido más redondas y las demás van a la basura. Con la croqueta no puedo tocar nada.

—¿Por qué con esa sí no y con la cerveza sí?

—Porque la cerveza no se vende en este anuncio y la croqueta sí. El producto que se anuncia tiene que ser el que se vende, y eso lo firman la marca y la agencia antes de rodar.

—Entonces el helado de los anuncios.

—El helado de los anuncios puede ser puré de patata, le juro que lo he hecho, con colorante y una cuchara caliente para el rizo. Y la leche de los cereales fue pegamento blanco durante años, porque es más denso y aguanta los copos flotando sin empaparlos.

—Ya.

—Pero si el anuncio es del helado, es helado. Y si el anuncio es de la leche, es leche.

—O sea que en esta barra todo es falso menos lo que anuncian.

—Todo menos lo que anunciamos.

—Y lo del plano del corte, ¿cómo lo hace?

—¿Cuál?

—El de la croqueta partida. Ése es el plano. Lo demás es relleno.

—Eso lo sabe usted y lo sé yo, y es el plano que tenemos a las doce y media. Lo que hago es poner debajo del plato una plancha de mármol que llevo desde las ocho en el congelador del patio. La croqueta se apoya ahí, se queda firme por abajo, la parto con dos tenedores a la vez y tengo once segundos antes de que la bechamel se decida a caer. Si la cámara está lista, sale. Si no está lista, saco otra.

—Once segundos.

—Once. Y no los he contado: los he perdido doce veces hasta que me los aprendí.

—¿Y el humo de la plancha del fondo?

—Una máquina de niebla al mínimo, detrás de la columna. La plancha está apagada.

—Señora, en este bar lleva la plancha encendida desde 1979.

—Hoy no, señor Mairal. Hoy su plancha es decorado. Y como decorado está impecable.

A las diez menos cuarto se paró un hombre en la puerta, miró la cámara, miró los focos y preguntó si estaban abiertos. Tolo le dijo que no desde detrás de la barra, con las dos manos en el trapo, y el hombre siguió calle arriba.

—Ése se tomaba un café y dos croquetas los martes. Desde que cerró la fábrica de la Jacetania, los martes.

—Volverá mañana.

—Mañana vuelve. Hoy se lo he perdido yo, y hoy pagan ustedes el día entero, así que no me quejo. Pero ya que estamos, le voy a decir una cosa de las que anuncian.

—Dígame.

—Que son una pelota de harina. Mire. —Tolo partió una con dos dedos, encima del mármol—. ¿Ve eso? Eso no corre. La mía corre. La mía, cuando la partes, se te va por la mano abajo.

—Lo sé.

—¿Lo sabe?

—Llevo desde las siete de la mañana mirando el corte de ciento veinte. Claro que lo sé.

—Entonces póngame la mía.

—No puedo.

—Están en la plancha, hechas a las seis. Jamón de verdad y la bechamel de mi suegra, que llevaba cuarenta minutos de cazo para doce raciones y no se quejaba.

—No puedo, señor Mairal. Y no es por usted. Es porque esto —Ofelia señaló el plato— lleva el nombre de otro en la caja.

A las once y veinte, Ixone pidió la toma catorce. A las once y veintidós Ofelia estaba en el office con el microondas abierto y cuatro discos de algodón mojados dentro, que es lo que se pone detrás del plato para que suba vapor cuando la croqueta ya está fría; porque el vapor de verdad dura treinta segundos y nunca coincide con el momento en que la cámara está lista.

A las once y veinticuatro volvió con el algodón caliente en unas pinzas, lo colocó detrás, se agachó para comprobarlo por el visor y miró el plato.

—Ixone, para.

—¿Qué pasa?

—Esta no es la mía.

Tolo estaba secando un tubo con un trapo, al otro extremo de la barra, sin mirar a nadie.

—Señor Mairal.

—¿Qué?

—¿Dónde están mis ocho?

—En el cubo.

—¿En el cubo?

—Estaban sentadas. Lo ha dicho usted.

—Ixone, no rodamos.

—Ofelia, son las once y media y el cliente tenía que estar aquí a las nueve y media.

—Ya lo sé. Y por eso no rodamos.

Pero el plato estaba puesto, el algodón echaba vapor, la luz llevaba puesta desde las ocho y la croqueta de Tolo, en el centro del mármol, tenía el culo redondo y la cresta del pan rallado levantada como una cresta de gallo. Ixone miró el monitor tres segundos.

—Es el mejor plano del día.

—Es el mejor plano del día y no sirve.

—Grabamos y luego decidimos.

Grabaron. Y cuando Ofelia abrió la boca para decirlo otra vez, entró por la puerta Avelino Pardos, jefe de producto de la marca, con el abrigo puesto y dos horas de retraso.

—No me lo digáis. Vamos a llegar.

—Mira el monitor —dijo Ixone.

Avelino miró el monitor. Tardó cuatro segundos.

—¿De quién es esa?

—¿Cómo que de quién es?

—Esa cresta. Las nuestras no levantan esa cresta. —Avelino fue hasta el mármol, cogió la croqueta del plato y la partió con los dedos. La bechamel le llegó a la muñeca—. Y las nuestras tampoco corren, Ixone. Llevo nueve años explicándole a medio mundo por qué las nuestras no corren.

Y entonces, para estar seguro, se comió la mitad.

—Esta no es nuestra.

Ixone se puso de pie.

—Avelino.

—Esta no es nuestra, Ixone. Me he comido cuatro mil. Esta lleva jamón.

—Las vuestras llevan jamón —dijo Ofelia—. Lo pone en la caja.

—Las nuestras llevan jamón en la caja. Esta lo lleva dentro.

Nadie dijo nada durante un rato razonable para la hora que era.

—Rodamos otra vez el plato con el producto —dijo Ixone al final—. Ofelia, saca ocho de la nevera. Avelino, me vas a tener aquí hasta las ocho y lo vas a pagar tú.

—Lo voy a pagar yo.

—Y en el plano general dejamos la bandeja del bar al fondo, desenfocada, que es de él y es su barra.

—En el plano general me da igual.

A las cuatro de la tarde quedaban cuarenta croquetas de la marca y seis bandejas vacías de las otras, porque el equipo había comido y nadie había preguntado de cuál. Avelino Pardos estaba sentado en el taburete del final, el que mira a la máquina del tabaco, con un café y la libreta abierta.

—Mairal.

—Dígame.

—¿Qué les echas?

—Jamón.

—Nosotros también.

—Ya. Pero nosotros, jamón.