Por capítulos · Las doce ultimas noches del 803 · Del catálogo de Margen
Ochenta y ocho billetes y una sola picadora

Antes: Casilda encontró la cláusula: los billetes de 1998 nunca se usaron, ni se reembolsaron, ni se anularon, así que siguen siendo válidos.
Queda una noche. A las once y cuarto del día 31, el andén de Ribadeña tenía más gente que en los once años que Olalla Berruezo llevaba de revisora del 803.
Casilda Trigo, jefa de estación, había sacado dos bancos a la vía y contaba en voz alta. Sesenta y seis. Habían confirmado sesenta y uno; los otros cinco se enteraron por un cuñado, por una peluquería y por el bar de Corrales, y se presentaron sin avisar.
Amelia Sanchís, maestra jubilada de Ribadeña, llegó con la caja de zapatos bajo el brazo y la dejó encima de un banco.
—Ochenta y ocho —dijo—. Los de los sesenta y seis que están y los otros veintidós.
—Veintidós no van a viajar —dijo Olalla.
—Veintidós no van a venir. Es distinto.
Olalla llevaba doce noches subiendo pasajeros de uno en uno y aún no había preguntado lo único que le importaba. Lo preguntó con el andén lleno, que resultó ser el peor sitio y el único posible.
—Podías haber llamado a los ochenta y siete el primer día.
—Podía —dijo Amelia—. Y habrías tenido que decidirlo de golpe, delante de ochenta y siete personas, con Mardones al teléfono y el expediente ya escrito. Habrías dicho que no. Cualquiera con un sueldo habría dicho que no.
—¿Y por qué lleno? Con uno bastaba para demostrar lo que querías demostrar.
—Porque el 14 de noviembre de 1998 esta línea la salvaron ochenta y siete firmas y un viaje que no llegó a hacerse. Compraron un tren y les dieron un autocar. Yo les dije, en el andén, que ese viaje se haría algún día. —Amelia se sentó—. Llevo veintiocho años siendo la única que se lo creía.
Puri Berruezo, costurera jubilada y firma número cuatro, sacó de la caja el sobre que llevaba una raya azul y lo puso encima del montón.
—El ochenta y ocho no era de nadie de la lista.
—Era de una niña de nueve años que no podía firmar una petición —dijo Amelia—. Taché su nombre yo, con este mismo bolígrafo, para que la Confederación no me tirara las ochenta y siete firmas por una menor. Y luego le compré el billete, porque tachar a alguien de una lista y dejarlo fuera del viaje son dos cosas distintas.
Fermín Aizpún, maquinista del 803 y jubilado a partir del día siguiente, asomó la cabeza por la ventanilla de la cabina.
—Salgo a las 00:12. Abro en Vallonga a las 00:41. Lo llevo diciendo tres mil ochocientas cuarenta y dos noches.
Serafín Mardones, jefe de servicio de la operadora, apareció a las once y media con una carpeta y sin corbata, que era su manera de venir en son de paz. Casilda le puso delante el suplemento de 1997 abierto por el artículo diecisiete y el registro de caja del 14 de noviembre con sus tres ceros.
—Si suben con título válido, no llevo pasajeros irregulares —dijo Olalla—. Llevo pasajeros.
Mardones leyó dos veces la cláusula, miró el andén y volvió a la carpeta.
—El expediente es del día 31 —dijo—. Hoy es 31 hasta las doce de la noche. Salga a las 00:12 y ya será día 1.
—Eso no lo pone en ningún manual.
—Tampoco pone que a un jefe de servicio le tenga que gustar su trabajo.
Se quedó en el andén, que era lo único que podía hacer sin firmar nada.
El problema no era legal: era de hierro. Un billete de cartulina no vale hasta que se pica, y en toda la línea quedaba una sola picadora, la de Olalla, que muerde una muesca cada vez y hay que apretarla con las dos manos. Ochenta y ocho muescas entre Ribadeña y Puente Alcor. Sesenta y cuatro minutos.
Empezó en el primer vagón con el reloj a la vista. Cada pasajero le daba su cartulina naranja, ella la giraba con la fecha arriba, apretaba y se la devolvía. Nadie guardó el billete en el bolsillo: los sesenta y seis viajaron con la cartulina en la mano, como se lleva una entrada en la puerta de un teatro.
En Sotoclaro subieron dos hijas de un firmante de 1998 que había muerto en enero, con el billete de su padre en un sobre. En Vallonga, donde el apeadero lleva cerrado desde 2011 y Fermín para igual, no subió nadie: aquella parada ya no hacía falta.
A la altura de Ermua del Río, Puri se puso a repartir por el pasillo los veintidós billetes de los que no habían venido, uno por asiento vacío, y volvió a sentarse. Casilda anotaba en el parte de circulación, con la letra que a Fermín le parecía ilegible desde 2006, el número de títulos validados.
A las 01:33, seis minutos antes de Puente Alcor, a Olalla le quedaban catorce.
Amelia no le dio el suyo hasta el final. Lo sacó del bolsillo del abrigo, no de la caja, y lo dejó en la palma de Olalla con el reverso hacia arriba, donde una letra de maestra había escrito veintiocho años antes un nombre y una edad.
Olalla los picó uno por uno, y el último, el que Amelia había guardado veintiocho años para una niña de nueve, se lo picó a sí misma.