Por capítulos · Las doce ultimas noches del 803 · Del catálogo de Margen
Una niña de nueve años firmó la última línea

Antes: Casilda Trigo, jefa de estación, le enseñó a Olalla un expediente disciplinario fechado el 31. La lista de 1998 tiene un nombre tachado.
Quedan seis noches. El 803 salió de Ribadeña a las 23:40 del día 25 con Olalla Berruezo, revisora, contando asientos vacíos por costumbre y con la carpeta verde de 1998 bajo el brazo, que no era suya y llevaba dos días sin devolver.
A las 00:11, Fermín Aizpún, maquinista que se jubila el 31, frenó en Vallonga. El apeadero está cerrado desde 2011: sin luz, sin marquesina y sin un solo motivo para que un tren pare ahí once años seguidos. Subió Amelia Sanchís, maestra jubilada de Ribadeña, con un abrigo azul y un bolso de tela, y detrás de ella no subió nadie.
—Hoy viene usted sola —dijo Olalla.
—Hoy tocaba Ermua del Río, y el de Ermua trabaja de noche —dijo Amelia—. Lo subo el jueves.
—Hoy no subimos a nadie. Siéntese en la cuatro.
La fila cuatro del 803 tiene la mesita que no cojea. Olalla puso la carpeta encima, la abrió por la última hoja, la de las firmas, y giró la hoja hacia Amelia como se gira un menú.
—Ochenta y siete firmas —dijo Olalla—. Y una raya azul debajo de la última.
—Ochenta y ocho renglones —dijo Amelia—. Contó usted bien el otro día.
—Casilda dice que ese tachón lo hizo usted la misma noche del acta, porque la tinta es la de su bolígrafo y porque nadie más tocó la carpeta hasta 2011.
—Casilda Trigo lleva veinte años de jefa de estación y no se equivoca en cosas de papel.
—Entonces dígame el nombre.
—Ahora se lo digo. Antes conteste usted una: ¿por qué cree que este tren para en Vallonga?
—Porque la subo a usted —dijo Olalla—. Y eso es una falta grave que me cuesta sesenta días de empleo y sueldo, así que le agradecería que no lo usara para cambiar de tema.
—El tren para en Vallonga desde mucho antes que yo.
—¿Desde cuándo?
—Desde que lo cerraron. Yo vivo en la casa de arriba y desde mi ventana se ve el andén entero. Fermín Aizpún lleva parando ahí todas las noches desde noviembre de 2011. Abre la puerta uno, la deja abierta cuarenta segundos, la cierra y se va. Once años. Yo llevo seis noches subiendo; él lleva cuatro mil y pico noches parando para nadie.
Olalla miró hacia la cabina, que desde la fila cuatro no se ve.
—¿Y usted no le ha preguntado nunca por qué?
—Se lo pregunté en 2012. Me dijo que él tampoco firmó la hoja.
El 803 iba a sesenta por la recta de Villaseca. Amelia sacó del bolso una funda de plástico con un billete dentro, de los antiguos, cartón naranja con el borde dentado. No lo puso sobre la mesa: lo dejó en la palma abierta, boca arriba, y esperó a que el tren pasara el paso a nivel de Sotoclaro, que hace un ruido debajo del suelo que impide oír nada durante nueve segundos.
—El 14 de noviembre de 1998, en la sala de plenos, había ochenta y seis adultos y una niña —dijo Amelia cuando volvió el sonido de los raíles—. La niña iba con su madre y se pasó la reunión debajo de la mesa larga, dibujando trenes en el reverso de las convocatorias. Cuando pasé la hoja para las firmas, la cogió, se subió a una silla y escribió su nombre en el renglón que quedaba. Ocupaba dos renglones, pero yo lo conté como uno.
—Amelia.
—El compromiso era volver el día que anunciaran el cierre y subir al último tren. Eso son veintiocho años de deuda para alguien que todavía no sabía dividir. A un adulto le puedes pedir que se acuerde; a una niña de nueve años le pides que se acuerde y le has estropeado la infancia entera. Así que pasé la raya esa misma noche y dormí bien.
—Pero el billete lo compró igual.
—Compré ochenta y ocho. Ochenta y siete están en una caja de zapatos en Vallonga.
Amelia le puso la funda en la mano y se la dio la vuelta. En el reverso del cartón naranja, con el mismo bolígrafo azul de la raya, había un nombre escrito con letra de maestra, y debajo una cifra: Olalla Berruezo, 9 años.