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Idea · Del catálogo de Margen

Nadie gana más por elegir su propio número

Elegir tu número no cambia el sorteo, y en 1975 se midió lo único que sí cambia: lo que crees que vale tu papeleta. La psicóloga Ellen Langer montó una rifa en dos empresas. Cada empleado pagaba un dólar por un cromo de fútbol americano y el premiado se llevaba el bote; a la mitad les dejó escoger el suyo y a la otra mitad se lo dio ella. Antes del sorteo pasó por las mesas y preguntó a cada uno por cuánto lo vendería.

Los que habían escogido pidieron una media de 8,67 dólares. Los que lo recibieron de su mano pidieron 1,96. Más de cuatro veces por el mismo cartón y la misma probabilidad exacta.

Langer lo llamó ilusión de control: cuando una situación trae los gestos de una decisión —escoger, tocar, competir, pensarlo mucho—, la tratamos como propia aunque el resultado ya esté sorteado. Por eso cuesta cambiar la combinación de siempre, y el que elige la mesa apuesta más fuerte que el que se sienta donde le señalan.

Mañana, antes de algo que te importe, parte una hoja en dos: a la izquierda lo que decides tú de verdad —el precio, el plazo, cuánto pones, cuándo te sales—; a la derecha lo que no decide nadie. Si la izquierda no tiene nada, cierra la hoja y no pongas dinero.