Curiosidad · Del catálogo de Margen
San Diego pidió lluvia por 10.000 dólares y llovió 24 días

Charles Mallory Hatfield vendía máquinas de coser en el sur de California, donde se crió, antes de dedicarse a la lluvia por contrato. En diciembre de 1915 le ofreció al Ayuntamiento de San Diego llenar el embalse de Morena por 10.000 dólares, y cobrar solo si lo conseguía. Llovió veinticuatro días seguidos. Lo que pasó después con esos 10.000 dólares tardó veintidós años en decidirse en un tribunal.
Morena está a casi cien kilómetros al este de la ciudad. Hatfield se presentaba como pluvicultor, fabricante de lluvia por encargo, y decía conocer una mezcla secreta de veintitrés productos químicos que atraía la humedad.
Su primera propuesta era escalonada: gratis hasta las cuarenta pulgadas de agua, algo más de un metro, y mil dólares por cada pulgada, dos centímetros y medio, entre cuarenta y cincuenta. El Ayuntamiento prefirió un número redondo y votó 10.000 dólares pagaderos cuando el embalse estuviera lleno. Nunca se firmó un contrato formal: Hatfield siguió adelante con un acuerdo de palabra, y eso decidiría el resto de la historia.
Levantó sus torres de madera junto a Morena, al norte del pueblo de Campo, colocó arriba unas bandejas con su fórmula y empezó a trabajar el 1 de enero de 1916.
El día 5 empezó a llover. El 10 el agua ya caía con fuerza. Después llegaron dos temporales seguidos y la región encadenó veinticuatro días de lluvia. Morena alcanzó el nivel prometido, pero el agua siguió bajando de las montañas, desbordó ríos, cortó carreteras y aisló poblaciones. Nada en la receta de Hatfield demostraba que él hubiera causado el tiempo: los meteorólogos ya habían descrito condiciones favorables para grandes tormentas en el sur de California.
El 27 de enero cedió la presa de Lower Otay. Una pared de agua de hasta doce metros recorrió el valle hacia el mar y arrasó viviendas, vías y cultivos. Unos kilómetros al sur, el río Tijuana se llevó esa misma tarde Little Landers, una colonia agrícola de San Ysidro que recibió el aviso demasiado tarde para que escapara todo el mundo. El San Diego History Center cuenta veinte muertos en aquella jornada; el forense del condado dio unos cincuenta para el episodio completo.
Hatfield volvió al Ayuntamiento a cobrar sus 10.000 dólares. San Diego se ofreció a pagarlos con una condición: que asumiera también las reclamaciones por daños, que ya sumaban tres millones y medio de dólares. Se negó, rebajó su petición a 4.000 y acabó demandando a la ciudad.
Para cobrar tenía que demostrar que la lluvia era suya; demostrarlo lo convertía en responsable de la riada. El pleito se arrastró dos décadas. En 1938, un tribunal resolvió que aquella lluvia había sido un acto de Dios: eso lo libró de pagar los daños y, con el mismo argumento, lo dejó sin sus 10.000 dólares.
Hatfield siguió vendiendo lluvia por contrato en otros condados durante años y murió en 1958 sin haber cobrado un dólar de San Diego.