
Ramiro: como presidente del comité de disciplina te mando el expediente 4/2026 firmado y, aparte, esta carta, que no va dentro.
Va aparte porque el expediente lo va a leer un abogado que no ha navegado en su vida y queda frío como una radiografía, y porque hay una cosa dentro que no quiero que se convierta en una casilla de un formulario.
Te lo cuento en orden.
El domingo se corrió la vigesimocuarta Costa da Mariña Lucense, catorce barcos, salida a las 15:10 desde Burela. El viento del noroeste subió a fuerza 6 a media tarde, que son unos cincuenta kilómetros por hora y mar rompiendo, con lo cual a las 15:48 anuncié por el canal 72 de la radio que entraba en vigor la instrucción 12.3: chaleco y arnés obligatorios para toda la tripulación. El arnés es la correa con la que te atas al barco para que, si caes, caigas al agua pero no te quedes atrás. Lo apunté con la lista de quién acusaba recibo, como siempre. El *Rula* acusó recibo a las 15:49. El *Ninfa de Burela* no acusó recibo nunca, y eso en su momento me pareció una dejadez; ya verás que no lo es.
A las 18:40, dentro de plazo, Olegario Pontes, armador y patrón del *Rula* y dueño de la fábrica de hielo de la lonja, me presentó una protesta contra el *Ninfa*. Dos motivos: motor y ayuda exterior. Pedía la descalificación.
Y tenía con qué. El rastreador del *Ninfa* —el aparato obligatorio que manda la posición cada treinta segundos— dice esto: a las 16:06 va a 6,1 nudos rumbo noreste; a las 16:07 marca 0,0; sigue en 0,0 veintidós minutos, a unos trescientos setenta metros de la punta de la Rapadoira, frente a Foz; a las 16:29 arranca y a las 16:31 va a 6,4 nudos, unos doce kilómetros por hora, en línea recta. Un barco parado veintidós minutos en mitad de una prueba y luego una recta limpia a 6,4 nudos es, visto en una pantalla, exactamente lo que parece. Cruzó la meta noveno de catorce. A las 16:06 iba primero de su clase.
Cité a Gaspar Irurzun, patrón del *Ninfa*, percebeiro de oficio —arranca percebes de la roca con una rasqueta y una cuerda—, cuarenta y cuatro años. Estuvo cuarenta minutos sentado delante del comité y dijo tres frases. «Paré.» «Lo que me pongan, me lo pongo.» Y, cuando le pregunté por el motor, que no lo había arrancado. Le pregunté por qué paró y no contestó. Le advertí de que no contestar le podía costar la descalificación y firmó el formulario de penalización allí mismo, sin leerlo, con mi bolígrafo.
A las 21:05 suspendí. A esa hora, Ramiro, yo tenía una protesta que iba a prosperar y un patrón que se dejaba descalificar sin abrir la boca, y te juro que lo único que pensé fue que había arrancado el motor y que al menos tenía la decencia de no mentirme.
Tres cosas me chirriaban y las apunté sin saber qué hacer con ellas. Una: a las 19:30 inspeccionamos el *Ninfa* amarrado y el precinto del motor estaba intacto. Dos: encima de la bancada de babor había un arnés mojado con un número de inventario pintado a mano, EV-7, de la escuela de vela infantil del club, entregado a Noa Irurzun, once años, su hija. Tres: en la grabación del canal 72, a las 16:27:10, hay una voz de hombre que dice una sola palabra, «dentro», sin identificarse y sin dar indicativo. Es la voz de Gaspar. La reconozco porque llevo nueve años cantándole salidas.
Cómo es posible que no lo viera nadie más me lo pregunté toda la noche. Porque no había nadie más. El barco de prensa hizo dos fotos en toda la tarde, a las 15:14 y a las 16:52, y en las dos se ve agua gris; el barco de prensa iba a las 16:07 con la cabeza de la flota, muy por delante. El *Rula* abría y el *Ninfa* era el único que lo seguía de cerca; los otros doce iban más de media hora atrás. Detrás del *Ninfa* no quedaba nadie.
A las 23:10 se presentó en la oficina Sabela Quintás, veintitrés años, tripulante del *Rula*, estudiante de segundo de la Náutico-Pesquera, la escuela de formación marinera, y camarera de temporada en el paseo. Traía dos folios escritos a mano y pidió que se incorporaran. Se incorporaron, y con ellos el expediente se dio la vuelta entero.
A las 16:04, en una trasluchada mal dada —el giro en el que la vela cruza de un lado al otro con el viento por detrás—, la botavara, que es el palo horizontal que sujeta la vela por abajo, la barrió y la tiró por la banda de estribor. No llevaba arnés. En el *Rula* hay dos y los llevaban puestos el armador y el táctico. Llevaba chaleco de espuma, de los que no se hinchan, y con fuerza 6 y el agua a catorce grados eso le daba una hora larga y no mucho más.
Vio al *Rula* seguir.
El *Ninfa* paró. Gaspar cayó a sotavento —el lado por el que se escapa el viento—, volvió sobre su propio rumbo, se ató el arnés de su hija al balcón de popa y se metió en el agua hasta la cintura para agarrarla por el chaleco, porque ella ya no podía cerrar las manos. Escribe que del frío se acordaba menos de lo que esperaba, y que lo que peor recuerda es lo que le costaba contar: iba contando olas para saber cuánto llevaba y los números se le perdían a la mitad. Y que cuando vio venir el casco del *Ninfa* de perfil pensó que no la había visto, porque venía demasiado despacio.
Estuvo veintidós minutos entre el agua y la bañera del *Ninfa* —la bañera es el hueco donde va la tripulación— antes de que la taparan con dos sacos de vela secos. Se quedó dentro de la cabina el resto de la prueba y bajó al pantalán a las 18:10, cuando ya no había nadie. Por eso nadie la contó: el diario de meta cuenta barcos, no tripulantes, y a nosotros nos consta la tripulación de la salida.
Y ahora lo que escribió en el segundo folio, que es la razón de esta carta.
Necesita trescientas horas de mar firmadas para el título. Las firma el patrón con el que embarcas. Las suyas las firma Olegario Pontes y le quedan ciento veinte. A las 17:30, en el pantalán, Pontes le dijo que un hombre al agua sin arnés es una inspección, una sanción y el final de la temporada del *Rula*. Ella le pidió a Gaspar que no dijera nada. Gaspar le dijo que bueno.
O sea que cuando yo lo tenía sentado delante advirtiéndole de que lo iba a descalificar, él ya sabía que con una frase se salvaba, y había dado su palabra a una cría de veintitrés años. Ahí está lo que no quiero que se convierta en una casilla.
Lo último lo escribió ella sola, sin que nadie se lo pidiera: «Lo que no sabía a las cinco y media es que iba a protestar contra él. Las horas me las firmará otro.»
En el expediente verás que desestimo la protesta, que le concedo al *Ninfa* el puesto que ocupaba a las 16:06 y que descalifico al *Rula* por la 12.3, con el agravante de que el incumplimiento consistió en no llevar material de seguridad para tres de sus cinco tripulantes. Lo de Pontes protestando al barco que sacó del agua a su propia tripulante, y negándomelo tres veces, te lo paso a ti y no quiero opinar más. Y he escrito a la Náutico-Pesquera a un solo efecto: que a la chica no le descuenten las horas de este fin de semana.
Me queda contarte cómo acabó el domingo. Bajé al muelle a las 00:20 a notificárselo a Irurzun, porque a esa hora ya estaba cargando el coche para ir al percebe con la bajamar. Le dije que la protesta se había desestimado, que se le devolvía el primer puesto y que podía recoger el formulario que había firmado sin leer.
Y lo del acuse de recibo, que te dije que ya lo verías: Gaspar no acusa recibo de nada, Ramiro. Ni de la instrucción 12.3 ni de una descalificación. Firmó sin leer por lo mismo que no contestó.
No preguntó por el puesto. Dijo esto: «El arnés es de mi hija. Lo quiero de vuelta antes del sábado, que tiene liga.»
Fermina Olazábal, juez principal de la federación gallega de vela