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Idea · Del catálogo de Margen

A tu hijo no lo deja miope leer: le falta calle

952 escolares de primero de primaria de Cantón, en el sur de China, salieron al patio cuarenta minutos más cada día de clase durante tres años. Nadie les tocó los deberes ni las horas de lectura. Al final de los tres años la miopía había aparecido en el 30,4 % de ellos y en el 39,5 % de los otros 951, que siguieron con el horario de siempre: nueve puntos de diferencia por salir al patio. A las familias del primer grupo se les había pedido además que los sacaran a la calle los fines de semana.

El ensayo lo dirigió el oftalmólogo Mingguang He, se hizo entre 2010 y 2013 y se publicó en JAMA, la revista de la asociación médica estadounidense, en 2015. Es un ensayo aleatorizado por colegios, que es lo más parecido a un experimento limpio que se puede hacer con niños: los doce centros se repartieron a suertes entre los dos grupos, así que las diferencias de barrio, de renta o de profesorado se reparten solas.

Llevamos cien años diciendo la misma frase en casa. No leas tan cerca. No leas con poca luz. Aparta esa pantalla, que te vas a quedar miope. La creencia no salió de la nada: en los estudios de población la miopía va pegada a los años de escolarización y al trabajo de cerca, y donde más se estudia, más gente lleva gafas. La correlación es verdad. Lo que estaba mal era la flecha.

La prueba más elegante de que estaba mal es de 2008 y no la hizo nadie en un laboratorio: la hizo la geografía. Kathryn Rose y su equipo midieron la vista de niños de seis y siete años de origen chino en dos ciudades, Sídney y Singapur. Misma edad y misma ascendencia, y dos sistemas escolares muy distintos. En Singapur eran miopes el 29,1 %. En Sídney, el 3,3 %. Casi nueve veces menos.

Los niños de Sídney leían más libros a la semana, y más trabajo de cerca en total, que los de Singapur. El factor que mejor explicaba la diferencia era el tiempo que pasaban en la calle: 13,75 horas semanales en Sídney contra 3,05 en Singapur. Trece horas y tres cuartos contra tres. Los autores apuntan además a la presión escolar temprana de Singapur, que en Sídney no existía.

La explicación que mejor se sostiene hoy es la luz, y la intuición falla aquí por dos órdenes de magnitud. Un salón bien iluminado tiene unos 300 o 400 lux, la unidad con la que se mide la luz que llega a una superficie. Un día nublado, en la calle, pasa de 10.000. Un día de sol, de 100.000. Es decir: estar en el salón no es «casi como estar fuera»: es entre veinticinco y trescientas veces menos luz, según el día. La hipótesis es que esa luz intensa dispara la dopamina en la retina y que la dopamina frena el alargamiento del globo ocular, que es exactamente lo que hace a un ojo miope: un ojo demasiado largo, en el que la imagen se forma antes de llegar al fondo.

La miopía no son unas gafas y ya. Un ojo muy alargado tiene la retina estirada toda la vida, y eso multiplica el riesgo de desprendimiento de retina, de maculopatía miópica —la mancha central que deja de ver— y de glaucoma cuando ese niño tenga cincuenta años.

Casi todo lo que sabemos es sobre prevenir, es decir, sobre retrasar el día en que aparece. Una vez que la miopía ha empezado, la calle ayuda menos a frenarla, y para frenarla existen tratamientos reales —gotas de atropina muy diluida, lentes de diseño específico— que decide un oftalmólogo y no un artículo. Y la genética pesa, y mucho. Con dos padres miopes tu hijo tiene bastantes números.

Apunta a dos horas de luz de día, todos los días, y métele esas dos horas en los huecos que ya existen y no se negocian: ir y volver del colegio andando, el recreo fuera del aula, la media hora de después de merendar. No hace falta deporte ni sol directo: la sombra de un patio a mediodía ya tiene diez o veinte veces más luz que tu salón, así que vale una silla en una terraza con un libro. En invierno, aprovecha el mediodía en vez de la tarde. Y pide una revisión de la vista antes de empezar primaria y luego una al año, porque un niño que empieza a no ver de lejos no se queja: se acerca, entorna los ojos y saca peores notas sin que nadie sepa por qué.