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Microrrelato · Del catálogo de Margen

Óleo sobre lienzo

En el comedor de la abuela hay un cuadro antiguo: una mesa larga con la familia comiendo, pintada por un tío bisabuelo con más paciencia que talento.

Yo siempre conté seis sillas. Lo recuerdo porque de niña me sentaba a copiarlo: seis sillas, cinco caras, un perro debajo.

En el funeral del abuelo, mientras la casa se llenaba de gente y de café, me fijé otra vez.

Siete sillas. Seis caras.

—Abuela, el cuadro...

—Es que el pintor era muy detallista —me cortó, sin mirarlo, sirviendo café con el pulso firme de quien lleva años sin mirar una pared entera de su casa.

Han pasado los años. Murió la tía Carmen: conté ocho sillas. Murió su marido: nueve. El cuadro se las arregla para que nadie más lo note; las sillas nuevas salen siempre un poco en penumbra, como recién traídas de otra habitación.

Ayer enterramos a la abuela. Hoy he entrado en el comedor con el corazón en la boca, y he contado.

Diez sillas. Nueve caras. Y en la cabecera, por primera vez en un siglo, hay alguien sirviendo la sopa: una mujer con el pulso firme, que por fin mira de frente.