
La Voyager 1 despegó en 1977 con menos memoria a bordo que una sola foto de tu móvil. Fotografió Júpiter y Saturno como nadie lo había hecho y, en lugar de jubilarse, puso rumbo a la salida. En 2012 se convirtió en el primer objeto humano en alcanzar el espacio interestelar.
Hoy sigue funcionando. Su emisor tiene una potencia ridícula, comparable a la de una bombilla de nevera, y aun así sus datos cruzan más de 24.000 millones de kilómetros hasta las antenas de la NASA. Cada mensaje viaja a la velocidad de la luz y aun así tarda casi un día entero en llegar.
A bordo lleva un disco de oro con música, sonidos de la Tierra y saludos en 55 idiomas. Cuando se apague del todo, dentro de pocos años, seguirá navegando en silencio durante millones más. Será nuestra carta de presentación mucho después de nosotros.