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Microrrelato · Del catálogo de Margen

El cuadrado de grava

Vuelvo tarde por el parque desde que trabajo en el turno de cierre. A las dos en punto arrancan los aspersores, y siempre me fijo en lo mismo: uno de los brazos de agua barre un cuadrado de grava pelada donde no hay ni césped ni parterre, nada que regar. Una mañana se lo comenté al jardinero. Me enseñó el plano de riego: ese circuito no figura. Lo han desconectado dos veces, dijo, y a la semana vuelve a abrirse solo. Ya ni lo intentan. En el bar de la esquina hay fotos viejas del barrio. En una de los años setenta, donde hoy está la grava, hay un estanque: niños agachados, un perro bebiendo, barquitos de papel. Lo taparon cuando hicieron el aparcamiento. Anoche pasé a las dos, como siempre. El agua caía sobre la grava y la grava mojada olía a estanque: a agua con años, a moneda hundida. Me quedé un rato mirando. Hay sitios que no aprenden a estar secos.