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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Seis segundos de una cara B de 1969 están en miles de temas

Mi compañero de piso me puso el mismo trozo de batería en cinco temas seguidos, de cinco décadas distintas, y me preguntó de quién era. Eran seis segundos de la cara B de un single de 1969 que casi nadie se molestaba en escuchar, y hoy están en miles de canciones: drum and bass, jungle, hip hop, remixes acelerados de TikTok. Los tocó Gregory Coleman, que murió en 2006 sin haber cobrado nada por ellos.

Le dije que ni idea. Me pasé la noche buscándolo. Se llama el «Amen break».

Coleman era el batería de The Winstons, una banda de soul de Washington. En 1969 sacaron un single con dos caras. La buena, «Color Him Father», la escribió el cantante, Richard Spencer, y ganó un Grammy en 1970. La otra cara, «Amen, Brother», era una versión de un góspel, y casi nadie le daba la vuelta al disco para oírla. A mitad de ese tema la banda se calla y Coleman se queda solo cuatro compases. Seis segundos, más o menos.

A finales de los ochenta, los productores de hip hop empezaron a cortar trocitos de discos viejos con samplers y a ponerlos en bucle. Alguien encontró esos seis segundos. Después, en los noventa, la gente del jungle en Inglaterra los aceleró hasta que sonaban a persecución. Y de ahí pasaron a anuncios, series y videojuegos.

Es como si el bloque de tierra del Minecraft saliera en mil juegos y el que lo dibujó no apareciera en los créditos de ninguno.

La canción era de Spencer, no de Coleman. Pero ni el uno ni el otro cobraron nunca por todas esas canciones que usaban su trozo. Spencer contó que se enteró tardísimo, cuando ya no había gran cosa que reclamar. Según los que montaron después una colecta por internet, Coleman murió arruinado y sin casa.

Esa colecta llegó en 2015. Dos DJ británicos, Martyn Webster y Steve Theobald, abrieron una página para que la gente que había ganado dinero con el Amen pusiera algo, aunque fuera un gesto. Juntaron 24.000 libras. El dinero fue para Spencer: Coleman llevaba nueve años muerto.

Para mí, 24.000 libras por el trozo de música más usado del planeta son una propina, y encima llegaron tarde para el que lo tocó.

Se lo conté a mi compañero al día siguiente y se quedó con una sola cosa. «Color Him Father», la del Grammy, ya no la pone casi nadie. La que suena en todas partes es la otra cara.