Por capítulos · El coche de la plaza 214 · Del catálogo de Margen
Cinco días antes del 14 la 214 sale del depósito

Antes: Chelo dio 25 minutos y dos rollos de papel térmico del 57. Ruth y Yeray se quedaron solos en el depósito.
A las 5:03 el registrador soltó la línea 00:47 CIERRE PUERTA y siguió imprimiendo. Cinco días faltaban para el 14 de octubre, la fecha en la que la empresa nueva vaciaría la nave; a Ruth Anglada, veintidós años, tres semanas de contrato, le sobraba tiempo para todo menos para pensar.
Yeray Fabra, técnico de mantenimiento, le pasó el segundo rollo y volvió a conectar la batería a la caja gris atornillada detrás del asiento del copiloto. La tira se descolgaba hasta el suelo como un rizo largo, con las líneas dobles pintadas encima:
01:12 ARRANQUE LLAVE 02 01:33 CIERRE PUERTA 01:34 APAGADO MOTOR
—Esa es la última —dijo Yeray—. La 02 apagó el motor a la una y treinta y cuatro. Después ya no hay nada hasta el arrastre de la grúa.
Ruth dejó que la tira siguiera cayendo hasta que se paró. Cuarenta y un centímetros. La midió con la regla del mostrador. Cortó por la marca que separaba la última línea del blanco y dobló la tira dos veces con cuidado, sin arrugarla, y la guardó en un sobre pequeño de los que se usan en la oficina para las llaves. En otro sobre metió la copia de la hoja de entrada del 3 de julio de 2023 que había sacado del archivo de papel el día 1: la que llevaba impreso arriba a la izquierda el número de teléfono de las cajas de pescado de Frigoríficos Cardus.
A las cinco y veintiocho cerraron el capó, apagaron la batería y devolvieron la puerta lateral a su posición. Yeray recogió la batería del suelo. A las cinco y veintinueve escribieron en la lista del capó, con la letra pequeña del bolígrafo azul del mostrador: PLAZA 214 · REVISADA · APTA TRANSPORTE.
Chelo Marí entró a las cinco y treinta en punto con las llaves colgadas del pulgar. Miró la nave, miró el capó, miró a Ruth. Firmó al lado de la anotación sin preguntar. Se sirvió el resto del café del termo en la taza del mostrador y se sentó a esperar la mañana.
A las nueve entró la grúa. El conductor era Bautista Cerdà, el mismo hombre que había traído la furgoneta al depósito treinta y ocho meses antes. No la reconoció. Enganchó, tiró y sacó la 214 del carril catorce sin mirar dentro. A las nueve y quince, Benjamín Cardus firmó el lote de chatarra en el mostrador con una estilográfica pesada. Ruth le pasó por error el bolígrafo azul del capó y él lo devolvió con una sonrisa educada. Firmó tres veces, cogió su copia y salió por la puerta de calle. La 214 se prensó a las diez y cuarenta en Almoradí.
A las diez y cincuenta Ruth entregó los dos sobres a Aitana Pomares en la puerta de la oficina, sin decirle nada más que la dirección del despacho de la abogada Pilar Vidal, calle Girona 4, segundo. Aitana no los abrió allí. Los metió en la carpeta de plástico transparente que traía debajo del brazo y firmó el acuse de entrega de un aparato de radio a nombre de su madre, que era lo que oficialmente había venido a recoger.
A las once y veinte Bruno Segarra pasó por el mostrador con una taza en la mano y le dijo a Ruth que la renovación del contrato no iba a poder ser: la empresa reorganizaba plantillas por la fusión con la nueva concesionaria, que entraba el 14. Le tendió la mano y le deseó suerte. Ruth se la estrechó. Bruno se llevó la taza. La conversación duró un minuto y once segundos.
Ruth se quedó en la ventanilla. Sabía, porque el trabajo se lo había enseñado, cuál era la lista de cosas que iban a pasar después. El 3 de noviembre, día 3 del mes, no iban a entrar 80 euros en el expediente 214/2023 y no los iba a rechazar nadie: es que el expediente ya no iba a existir. La cajera del banco de la esquina marcaría la línea en su lista y seguiría con el siguiente número. Doce días después llegaría a la oficina de la calle Reyes una citación como testigo, dirigida a Ruth Anglada Marí, calle Rioja 22, Alicante, para el 12 de enero de las diez a las once, sala segunda del juzgado número tres, y el sobre iba a firmarlo Chelo con su rúbrica corta y a dejarlo en la mesa que había sido suya, apoyado en un vaso vacío.
Aitana cogió el autobús de las trece y cinco con la carpeta debajo del brazo. Ruth volvió a la ventanilla, abrió el expediente 214/2023 y escribió debajo de la letra redonda de Che