Por capítulos · El coche de la plaza 214 · Del catálogo de Margen
A las 4:55 Chelo encendió las luces de la nave

Antes: Ruth y Yeray entraron en la nave del depósito a las 4:10 con una batería prestada. El registrador soltó la primera línea de 2023.
A las 4:55 se encendieron los fluorescentes de la nave entera. A las 5:00 abrió la puerta lateral la primera persona que llegaba: Chelo Marí, encargada de la oficina de la calle Reyes desde hacía diecinueve años. Traía las llaves colgadas del pulgar y un termo pequeño en la otra mano. Se paró en el vano.
—Cierra el capó, Ruth.
Ruth Anglada, veintidós años y tres semanas de contrato, dejó las manos donde estaban, agarrando la portezuela del isotermo. Yeray Fabra, técnico de mantenimiento, sostenía la batería como si pudiera hacer que la escena volviera atrás.
—Chelo, esto solo tarda quince minutos —dijo Ruth—. Solo son las llaves, la fecha y las aperturas. La grúa llega a las nueve.
—Cierra el capó.
Chelo dejó el termo en el mostrador y se acercó despacio a la furgoneta. Se paró a un metro. Miró la tira de papel que caía del registrador y que ya llevaba doce centímetros pintados con letras dobles: 09/02/2023 22:31 ARRANQUE LLAVE 02. 22:44 APERTURA PUERTA. 23:15 APERTURA PUERTA.
—Diecinueve años, Ruth. Estoy aquí desde el 2007. Dos hijos, un piso, cinco años más y la prejubilación por antigüedad. Con lo que hay aquí dentro —señaló la tira sin tocarla— pierdo los cinco años y encima me abren expediente. ¿Entiendes o no lo entiendes?
—Entiendo.
—Pues cierra el capó.
Ruth no lo cerró. Yeray, sin soltar la batería, buscó a Ruth con los ojos.
—Aitana Pomares lleva tres años viniendo a pagar los 80 euros el día 3 —dijo Ruth—. La avisas tú porque tú misma la conoces desde antes. Y ahora la vas a dejar sin nada.
—No la dejo sin nada. La dejo sin esto. Aitana ya sabía lo que hacía.
—Aitana tenía diecisiete años cuando denunciaron a su hermano. Sacó veinte mil euros con el nombre de su madre. Lo que hay dentro de esa caja gris es la única prueba de quién arrancó la furgoneta esa noche.
Chelo negó con la cabeza. No enfadada: cansada.
—Ruth, escucha. La grúa entra a las nueve. Cardus firma el lote a las nueve y cuarto. Si a las nueve y cuarto en el mostrador hay una tira de papel con LLAVE 02 y una hoja de entrada apócrifa, no me la juego yo sola. Me la juega Bruno, que a mediodía llama a la empresa y a las tres estamos las dos por escrito. Yo con nombre. Tú, sin renovar. Y Aitana, con ese papel que dices tú, ¿qué? ¿A qué juzgado va con un documento sustraído de un vehículo bajo custodia?
—Se lo lleva a la abogada. Ella sabrá qué hacer.
—La abogada no lo puede meter en autos, hija.
Ruth se quedó callada. Yeray dejó la batería en el suelo. El registrador siguió imprimiendo por su cuenta: 23:32 APERTURA PUERTA. 00:04 ARRANQUE LLAVE 01.
Chelo miró la última línea. Movió la cabeza un poco, como quien confirma algo que ya sabía. Después se dio la vuelta, cruzó la nave hasta el mostrador y abrió el armario bajo del expediente. Sacó dos rollos de papel térmico del 57, envueltos todavía en el plástico de la papelería. Los dejó sobre el mostrador, uno al lado del otro, ordenados.
—El desayuno lo hago en La Espiga, en la esquina —dijo sin girarse—. Salgo ahora, ida y vuelta son doce minutos, y el café me lo tomo allí sentada. Vuelvo a las cinco y media en punto.
Se puso el termo bajo el brazo y buscó las llaves de la nave.
—Ah, y a las cinco y media —añadió, ya con la mano en la puerta— aquí no puede quedar batería ninguna en el suelo, ni una furgoneta con la puerta lateral abierta, ni nada que no estuviera antes. En la lista del capó apuntáis que la 214 se ha revisado y está lista para el transporte. La firma la pongo yo cuando vuelva.
Abrió la puerta lateral. Empezaba a clarear.
—Si a las cinco y media aquí sigue todo abierto —dijo, ya fuera—, entramos otra vez las tres, yo con el móvil grabando. Y esta conversación no ha pasado.
Cerró.
Ruth se quedó mirando los dos rollos de papel térmico. Yeray se quedó mirando a Ruth.