
El espejo del recibidor iba un segundo tarde. Marta lo descubrió un martes, al colgarse el bolso: su reflejo seguía con los brazos abajo un instante de más, como un doblaje mal ajustado. Lo comprobó con gestos bruscos, encendiendo la luz, saludándose muy deprisa. Siempre ese segundo de cortesía.
Se acostumbró, como se acostumbra una a las goteras y a los vecinos. Le cogió incluso cariño: salir de casa era dejar a alguien quedándose.
Una mañana de niebla, el reflejo se ajustó el cuello del abrigo antes de que a ella se le ocurriera tocárselo. Después se detuvo, la miró y se palpó el bolsillo izquierdo, dos veces, despacio.
Marta encontró las llaves en la cómoda, donde nunca las dejaba. Cuando cerró la puerta oyó, dentro, el clic del interruptor que ella no había apagado.
Desde entonces no se despide al salir. Le da las gracias.