
En mitad del estrecho de Bering hay dos islas casi pegadas: la Gran Diomedes, rusa, y la Pequeña Diomedes, estadounidense. Las separan unos 3,8 kilómetros de agua… y la línea internacional de cambio de fecha, que pasa justo entre ambas.
La consecuencia es maravillosa: sus relojes se llevan veintiuna horas. Por eso las llaman la «isla del mañana» y la «isla del ayer». Desde la orilla estadounidense se puede mirar, literalmente, el día siguiente.
En invierno el mar se congela y a veces se forma un puente de hielo entre las dos. Cruzarlo está prohibido —es frontera internacional—, pero la tentación es fácil de entender: serían veinte minutos andando para plantarse en mañana.
Viajar en el tiempo existe. Solo que hace un frío espantoso.