
El mar no guarda nada: todo lo devuelve a deshora, la madera, el zapato, la promesa.
Le entregas una carta y te la trae de vuelta sin sobre, sin remite, hecha una sal que arde en los labios.
Así quería yo olvidarte: tirándote al agua como se tira una piedra para medir su hondura.
Pero el mar no guarda nada. Cada mañana amaneces en la orilla, intacto, terco, con algas en el pelo y esa manera tuya de brillar cuando ya no debieras.
He aprendido entonces a no pedirle olvido a lo que solo sabe devolver.