
La ciudad no me mira, me da la espalda ancha de sus grúas y sigue cargando lo que nadie pidió.
En los semáforos la gente aprende a esperar sin rezar, cada quien con su prisa doblada en el bolsillo.
Hay un hombre que barre la misma esquina desde antes de que yo tuviera nombre. Barre la luz, barre las horas, deja el asfalto limpio de futuro.
Yo camino contra el viento de los coches y cuento las ventanas encendidas: cada una es alguien que tampoco puede dormir y hace de su insomnio una pequeña estrella doméstica.
La ciudad no me mira, pero me sostiene como se sostiene lo que ya no se pregunta por qué sigue de pie.