Abandonar un libro no es fracasar como lector: es respetar el tiempo que te queda. La vida es corta y las estanterías, larguísimas.
Seguimos arrastrando la idea escolar de que dejar una lectura a medias es una pequeña deshonra, y así convertimos la mesilla de noche en un tribunal: ese libro empezado que nos mira cada noche con reproche.
Pero un libro no es un contrato. Es una conversación — y de las conversaciones que no van a ninguna parte uno puede levantarse educadamente.
Además, abandonar no siempre es un adiós: a veces es un «todavía no». Hay libros que nos rechazan a los veinte y nos esperan pacientes hasta los cuarenta, cuando por fin somos la persona a la que estaban escritos. Suéltalo sin culpa. Si es tuyo, volverá a encontrarte.