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Relato · Del catálogo de Margen

Quique metió a Nerea en la falla y arde a las 22:00

Quique tenía la escalera apoyada en el costado de la falla cuando Nerea entró en el casal a pedir cambio. Era el 19 de marzo, la una y cinco de la tarde, y yo estaba detrás de la barra fregando vasos con la radio puesta.

Nuestra comisión es de las pequeñas. Ese año no llegábamos al artista: el presupuesto del taller eran 4.300 euros y en la caja había 1.100, contando los 180 de la rifa del jamón. Así que la falla la hizo Quique. Quique Peiró, 24 años, aprendiz de carpintero en un taller de Alboraia, que se pasó cinco meses pegando corcho en el patio de su abuela y pintándolo con lo que le sobraba del trabajo. Ocho figuras, seis metros y pico, plantada el día 15 en la esquina, con su cartel y su llibret fotocopiado en la papelería de abajo.

Nerea Blasco es técnica de laboratorio y se iba al día siguiente a Róterdam, a un contrato de dos años en una empresa de análisis de aguas. Ella y Quique se conocían desde los nueve años: la escuela, la comisión infantil, la mascletà de las dos todos los días de marzo desde que tuvieron edad para ir solos. Yo llegué mucho más tarde, cuando me puse a servir en el casal para pagarme la matrícula.

Cogió el cambio, salió a fumar y volvió a entrar con el cigarro sin encender.

—Hugo. Ven a ver una cosa.

En el tercer cuerpo, por la parte de atrás, donde la falla da al patio de luces y no la mira nadie, había una chica de corcho con una maleta de ruedas y una tarjeta de embarque en la mano. Llevaba el pelo recogido con un bolígrafo, que es una cosa que Nerea hace desde los catorce años, y le habían pintado un lunar debajo del ojo izquierdo. Debajo, clavada en una tablilla, había una cuarteta a mano:

Ella se'n va a arreglar l'aigua del món, que ací ja no li queda res per fer. Ell es queda arreglant la falla del barri i enguany l'ha feta ell, que ningú li ho ha pagat.

Que ella se va a arreglar el agua del mundo, porque aquí ya no le queda nada que hacer, y que él se queda arreglando la falla del barrio, que este año la ha hecho él y nadie le ha pagado por hacerla.

—Quiero eso fuera antes de las diez —dijo.

A las diez arden todas las fallas de València. La nuestra, a las diez en punto, con los bomberos en la esquina y medio barrio con el móvil en alto. Quedaban nueve horas.

Quique bajó de la escalera con el pincel en la mano y escuchó la frase entera sin interrumpirla. Nerea le pidió que lo quitara. Él dijo que no.

—No la ve nadie, Nerea. Está mirando a la pared.

—La ve mi padre, que viene a las ocho. Y la ve Amparo, y la ve tu madre, y la ve todo el que vaya a tirar la basura.

—Pues entonces sí que la ve alguien.

Se metió en el casal a preparar el almuerzo de la comisión y no dijo nada más en tres horas. A las dos subimos a la mascletà como todos los días, los dos juntos, en el mismo sitio de siempre, el bordillo de delante de la farmacia, y no se hablaron. Yo me quedé en medio, que es donde me he quedado siempre.

A las cuatro y media Nerea fue a buscar a Vicent Gascó, electricista, presidente de la comisión desde hace once años, el hombre que firma los papeles y que cada marzo se juega la fianza del ayuntamiento. Le explicó lo de la figura. Vicent se quitó la gorra y se la volvió a poner.

—¿Y qué quieres que haga?

—Que la quites.

—La figura va pegada al cuerpo. Para sacarla hay que abrir el tercer cuerpo entero, y el tercer cuerpo es lo que sujeta la pancarta. Si abro eso, se me cae la falla a las seis de la tarde y pierdo la fianza. —Se sentó en una silla de plástico y se puso a mirarse las manos—. Y el llibret está impreso desde el día 10. Está en doscientas casas.

—Entonces que cambie los versos.

—Los versos son suyos. Yo no le digo a nadie lo que tiene que poner debajo de su figura. Eso es lo único que tenemos.

Lo que vi yo desde la barra fue al barrio enterándose solo. Amparo, la del tercero, bajó a tirar el cartón, se paró en el patio de luces y se rio con la mano en la boca. Media hora después la madre de Quique vino al casal a preguntarme si era verdad. Le dije que sí. Se pidió un carajillo de 1,50, se lo bebió de pie y se fue sin opinar.

Nerea se fue del casal a las cinco menos cuarto y no volvió a aparecer hasta las siete. Vino con su padre y con la maleta de verdad, la gris de ruedas, que la pesamos en la báscula del casal porque le daba miedo pasarse: 22,8 kilos, y el límite eran 23. Su vuelo salía de Manises a las seis y cuarenta de la mañana siguiente. Nadie en el casal le dijo nada de la figura, y a esas alturas ya lo sabía el edificio entero.

A las ocho quemaron la infantil, que era un gato con un patinete y la hizo la hija de Vicent con doce años. A las nueve y veinte la calle ya estaba llena. Habían puesto la valla, habían regado las fachadas y los bomberos estaban fumando al lado del camión.

A las nueve y media Nerea cruzó la valla por el lado del patio de luces con la linterna del móvil encendida. Yo la vi desde la barra porque desde la barra se ve ese trozo de acera y nada más. Pensé que iba a arrancar la figura con las manos.

Lo que pasó es que se quedó quieta, agachada, mirando la maleta de corcho desde abajo.

La maleta estaba abierta por el lado que daba a la pared. Por eso Quique la había puesto mirando ahí. Dentro, pintado pequeño y con un pincel de uno, estaba el barrio: el casal con la persiana a medio subir, la barra con un tío con delantal que era yo, la torre de la iglesia, la farmacia, el bordillo de la mascletà, el gato del patinete. Y en una esquina, de rodillas, un chaval con una lata de pegamento, de espaldas, con una camiseta que yo le he visto puesta doscientas veces.

La persiana del casal estaba pintada a la altura exacta a la que se queda cuando se encalla, un palmo torcida. En la farmacia, en el escaparate, había una cruz verde de dos milímetros con el tubo de dentro repasado en blanco. Y en el bordillo de la mascletà había dos figuras: una chica con el dedo en la oreja y un chaval al lado mirándola a ella en vez de mirar hacia arriba.

Nerea apagó la linterna y se quedó sentada en el suelo del patio de luces.

Después de seis o siete minutos volvió a cruzar la valla, se puso al lado de Vicent y le dijo que lo dejara.

—¿Que lo deje?

—Que lo dejes.

A las diez en punto le pegaron fuego por la base, como se hace, y el tercer cuerpo tardó en caer más de lo normal porque Quique lo había montado con listón de verdad y no con lo que te dan en el taller. Lo último que se vio fue la maleta, que se abrió del todo con el calor y estuvo un par de segundos enseñando el barrio a toda la calle antes de irse al suelo. Mucha gente hizo una foto.

A las diez y veinte la calle olía a cartón quemado y los bomberos ya estaban mojando el asfalto. Vicent sacó las sillas de plástico del casal para que los mayores se sentaran a ver apagarse el montón, y la madre de Quique se sentó en la primera.

A las doce y veinte yo estaba cerrando la barra y Quique barría la ceniza de la acera con el cepillo grande, él solo, como todos los años. Nerea se había cambiado de ropa y llevaba la chaqueta puesta porque su padre tenía el coche en doble fila.

—¿Por qué me metiste el barrio dentro de la maleta? —le preguntó.

Quique siguió barriendo un rato antes de contestar.

—Para que pesara.