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Relato · Del catálogo de Margen

Remigio pone el pulgar seis veces y la máquina dice que no

14 de abril. Ventanilla 4.

—Otra vez, don Remigio. El pulgar derecho, plano, sin apretar.

Remigio Cuéllar, enlucidor, sesenta y cuatro años, apoya el dedo en el cristal del lector por sexta vez y el terminal vuelve a sacar el mismo aviso: CALIDAD INSUFICIENTE. 2 DEDOS VÁLIDOS DE 4. Le he mirado la mano con cuidado. No tiene cicatrices ni heridas: tiene los pulpejos lisos, las almohadillas de la punta de los dedos sin un solo surco. Cuarenta y un años de cal y de yeso se lo han limado igual que la lija lima una tabla. Se ríe y dice que en el gremio a eso lo llaman mano de seda, y que a él siempre le pareció un piropo.

Le he probado el truco de la glicerina, el del agua templada y el de echarle el aliento al dedo. Dos de cuatro otra vez. El impreso pide cuatro dedos válidos y el terminal no deja seguir con menos.

Y Remigio necesita el DNI renovado para presentar la jubilación. Le quedan setenta y siete días de plazo.

28 de abril.

He subido a hablar con Teo Barahona, jefe de la oficina. Me ha señalado la hoja que lleva años pegada con celo en el lateral de mi monitor, una fotocopia de fotocopia en la que la letra se ha engordado de tanto repetirse: EXENCIÓN DE TOMA DACTILAR. SOLO AMPUTACIÓN O VENDAJE. Debajo, a bolígrafo azul, alguien añadió hace mucho tiempo: no vale piel gastada.

—Si no está en la hoja, no está, Yolanda —ha dicho Teo—. Y si firmo una exención que luego no tocaba, me llega un reparo de intervención, que es que me devuelven lo ya firmado, y vuelve con mi nombre dentro.

Le he preguntado quién hizo esa hoja. Me ha dicho que ya estaba pegada cuando él llegó, y él llegó en 2014.

Remigio ha esperado una hora y cuarenta minutos de pie para oír que vuelva otro día con un informe médico.

11 de mayo.

Ha vuelto con el informe. Su médica de cabecera, Aurora Benítez, lo ha escrito en cuatro líneas: dermatitis crónica de contacto por cal, con pérdida permanente de dermatoglifos —los dibujos de la huella— en los diez dedos. Con sello y con firma.

El terminal no tiene dónde meter eso. El campo de observaciones admite cuarenta caracteres y no acepta adjuntos. He llamado al teléfono de soporte y me han contestado que la exención la tramita la oficina, no ellos, y que de informes médicos ellos no saben nada.

Remigio ha dejado el papel encima del mostrador y lo ha empujado dos centímetros hacia mí, muy despacio. Luego lo ha recogido y se lo ha guardado otra vez en el bolsillo del pecho.

—Yo vuelvo cuando me diga —ha dicho—. Pero dígame qué traigo, que ya he traído dos cosas.

25 de mayo.

El terminal sí admite dos huellas: existe una casilla, TOMA DIFICULTOSA, que cierra el expediente con las que haya. Para marcarla hace falta un código de supervisión que yo no tengo, y el único que lo tiene en esta oficina es Teo, que no lo da sin la exención firmada, que no firma por culpa de la hoja del monitor.

Lo he dibujado en el cuaderno con tres flechas, por si me estaba equivocando yo. Las tres vuelven al mismo sitio.

He escrito al buzón de incidencias de la aplicación explicando el caso en nueve líneas. Respuesta automática a los once segundos: número de ticket, categoría «consulta funcional» y la palabra «en breve». Sin fecha. El plazo de Remigio sí tiene fecha: treinta y seis días naturales.

5 de junio.

Ha llamado la Seguridad Social. Si el 30 de junio Remigio no presenta el documento en vigor, la solicitud caduca y hay que empezarla de cero: tres meses más sin cobrar. Se lo he dicho por teléfono. No ha protestado. Ha preguntado si podía acercarse el lunes a primera hora por si acaso había novedades y he tenido que contestarle que no las iba a haber.

Antes de colgar me ha contado, sin que yo le preguntara, que sigue haciendo medias jornadas en una obra de Carabanchel porque con la paga que le queda no llega, y que las rodillas le avisan a las once de la mañana.

Esta noche me he traído a casa el nombre completo de la hoja. Si alguien la fotocopió, la fotocopió de algo.

19 de junio.

La hoja del monitor la escribió Esperanza Gil, jefa de negociado, que se jubiló en 2009 y vive en Getafe. Lo pone en el pie, en letra de tres milímetros, y he tardado dos meses en mirar ahí. La he llamado esta mañana.

—Aquello me lo hice yo para mí —ha dicho—. Un resumen, para no bajarme el anexo entero cada vez. No era para colgarlo en ninguna pared.

Le he leído lo que lleva años pegado a mi monitor y se ha quedado callada unos segundos.

—Póngase el anexo —ha dicho—. El apartado cuarto. Está ahí desde siempre.

El anexo existe, está en la intranet y son nueve páginas sobre la toma de impresiones dactilares. Me las he leído enteras, con un café y el móvil en modo avión.

Página seis, apartado cuarto: procede la exención en los supuestos de amputación, vendaje o inmovilización, y en los de alteración permanente de los dermatoglifos acreditada mediante informe médico, incluidas las de origen profesional.

Las tres cosas que Remigio lleva dos meses paseando en el bolsillo del pecho, escritas en el apartado cuarto desde antes de que yo entrara en esta oficina.

El anexo tampoco estaba escondido: carpeta de normativa, tercer documento de la lista, fecha de 2011. Nadie abre la carpeta de normativa con catorce personas en la cola y un terminal que ya dice sí o no.

He impreso la página seis. He subido con el anexo y con el informe de Aurora Benítez y los he puesto los dos encima de la mesa de Teo, uno al lado del otro, sin decir ni una palabra hasta que ha terminado de leer. Ha tardado cuatro minutos. «Esto no es el impreso que tenemos», ha dicho primero, y le he contestado que el impreso sale de ahí. Ha vuelto a la página seis y ha leído dos veces el renglón de «origen profesional», siguiéndolo con el capuchón del bolígrafo. Después ha firmado la exención y me ha dado el código de supervisión por primera vez en cuatro años.

—¿Y esto ha estado ahí todo el rato? —ha preguntado, y no esperaba que yo le contestara.

A las 11:20 he marcado TOMA DIFICULTOSA con las dos huellas que da la mano de Remigio y el expediente se ha cerrado en verde. Recoge el DNI el día 27. Llega al plazo con tres días de sobra.

Cuando se iba, se ha parado en la puerta y ha vuelto sobre sus pasos.

—¿Y a los de la obra se lo puedo decir? —ha preguntado—. En el andamio hay otros dos con las manos así.

Le he fotocopiado la página seis, le he subrayado en amarillo el renglón de «origen profesional» y se la ha guardado en el mismo bolsillo del pecho, con el informe de Aurora.

—Si vienen, que vengan con esto —le he dicho.

Luego he despegado la hoja del monitor, la he arrugado y la he tirado a la papelera. En su sitio he pegado la página seis entera, con celo nuevo y el apartado cuarto marcado.