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Curiosidad · Del catálogo de Margen

En 1868 Londres puso un semáforo y explotó al mes

En 1868 Londres puso el primer semáforo del mundo delante del Parlamento y a los veintitrés días le explotó al policía que lo manejaba en la cara. Lo había patentado John Peake Knight, ingeniero de ferrocarriles, cansado de que los carruajes atropellaran peatones a la salida de Westminster. Copió el sistema de las señales del tren: brazos móviles que suben y bajan para decir «pase» o «pare», más una linterna de gas encendida de noche que enseñaba rojo o verde. Se estrenó a las tres y media de la tarde del 10 de diciembre. Lo movía a mano un policía, subido a un pedestal.

Funcionó. Los carruajes se paraban, la gente cruzaba viva por primera vez. El invento se quedó tres semanas en pie. La noche del 2 de enero de 1869, una fuga del gas del alumbrado prendió dentro del propio semáforo. La detonación quemó al policía de servicio en la cara y las manos. Le pagaron el hospital, retiraron el aparato y nadie en Inglaterra quiso volver a poner uno.

El siguiente semáforo del mundo se instaló en Cleveland casi cincuenta años más tarde, en 1914, y ya eléctrico. Entre uno y otro, el tráfico de Londres se organizó a base de guardias con guantes blancos y gestos con los brazos. Es decir: el semáforo tardó medio siglo en volver porque el primero se atrevió a llevar fuego dentro. Un semáforo, hasta 1914, no era una luz encendida: era una lámpara con llama a la altura de la cabeza del policía.