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Curiosidad · Del catálogo de Margen

64 días y 22 horas voló una Cessna sin aterrizar

El 4 de diciembre de 1958, en el aeródromo McCarran de Las Vegas, una avioneta blanca con el nombre de un hotel pintado en el fuselaje despegó para no volver a tocar el suelo en 64 días, 22 horas y 19 minutos. Era una Cessna 172, un aparato corriente de cuatro plazas, de los que se usan para aprender a volar, y aterrizó el 7 de febrero de 1959 con el récord del vuelo más largo de la historia. Nadie lo ha batido desde entonces.

A bordo iban dos empleados con oficios de tierra. Robert Timm arreglaba máquinas tragaperras en el hotel Hacienda de Las Vegas, y de joven había pilotado bombarderos; John Cook era piloto y mecánico de oficio, meticuloso y callado. El dueño del hotel, un empresario al que todos llamaban Doc Bayley, pagó la operación entera: quería el nombre del Hacienda en la prensa de todo el país, y lo ligó a una colecta benéfica contra el cáncer para que la hazaña tuviera algo más que neón detrás. Al aparato lo bautizaron como el hotel, «Hacienda», y le pintaron el rótulo bien grande en el fuselaje, a la altura de lo que costaba la broma.

Un vuelo de dos meses choca antes que nada con la gasolina: una Cessna aguanta unas horas con el depósito lleno. La solución fue tan de andar por casa que todavía asombra a los museos. Dos veces al día, la avioneta bajaba a ras de una recta perdida de carretera en el desierto, muchas de ellas cerca de Blythe, en la raya de California, y se ponía a volar en paralelo a una camioneta lanzada por el asfalto. La camioneta llevaba una plataforma con un depósito y una bomba de combustible. Cook igualaba las velocidades, Timm bajaba un gancho con un torno, subían la manguera y llenaban los tanques en unos tres minutos de pulso compartido entre el volante y la palanca. Por el mismo torno subían después la comida caliente, el agua y las toallas limpias, en una cesta. Repostar así, con el suelo a unos metros y las alas llenas de gasolina, era la parte del día en la que ninguno de los dos hablaba. Lo hicieron más de un centenar de veces, dos por jornada, con viento, con frío y con la novedad ya gastada, y ni una sola vez tocaron el asfalto.

Para que el récord valiera, había que poder demostrar que las ruedas no habían rozado el suelo ni un segundo en dos meses. La solución fue igual de artesanal que el repostaje: antes del despegue, los cronometradores pintaron rayas blancas en los neumáticos de la avioneta. Una toma de tierra, aunque fuera un bote de un metro en mitad de la noche, habría borrado la pintura contra el asfalto y delatado la trampa. Cuando el aparato aterrizó en febrero, la comisión pasó de largo ante los pilotos y se agachó a mirar las ruedas. Las rayas seguían allí, intactas, con dos meses de polvo del desierto encima.

Dentro, la avioneta ya no era una avioneta de paseo. Le habían quitado la puerta del copiloto —por ese hueco subían la manguera y la cesta en cada repostaje— y los asientos traseros, sustituidos por un colchón fino de espuma del ancho de una tabla de planchar: ahí dormía uno mientras el otro pilotaba, en turnos de cuatro horas que a las tres semanas ya nadie respetaba del todo. Llevaban un piloto automático pequeño para las horas muertas sobre el desierto, y menos mal: Timm reconoció después que una madrugada se quedó dormido a los mandos y que el aparato voló solo, recto y tranquilo, durante más de una hora, mientras Cook dormía detrás. El desierto de Mojave tiene la virtud de no ponerse en medio. Se lavaban con un cuarto de litro de agua al día, se afeitaban en vuelo con espejito de bolsillo y tiraban la espuma por la ventanilla, y celebraron la Navidad y el Año Nuevo dando vueltas sobre el desierto, mirando desde arriba las luces de una ciudad que presumía de no apagarse nunca.

A mitad del reto, el generador eléctrico del motor se estropeó. En cualquier vuelo normal, eso significa aterrizar: sin generador no hay calefacción decente, ni buena luz de cabina, ni radio fiable. Timm y Cook decidieron que aterrizar era peor y siguieron con una pequeña dinamo de viento de apoyo, cargando lo justo, a oscuras buena parte de la noche, con el desierto a diez grados bajo cero pasando por debajo. Para entonces la prensa ya contaba los días, y el hotel de Doc Bayley salía en los periódicos exactamente como él había calculado.

El vuelo lo acabó el motor. Después de dos meses funcionando sin parar, con más de mil horas seguidas en el cigüeñal, la carbonilla acumulada le había comido tanta potencia que la avioneta, con los depósitos llenos, apenas conseguía ganar altura tras cada repostaje. Ese margen que se estrechaba era la única alarma que Timm y Cook estaban dispuestos a escuchar. El 7 de febrero de 1959 pusieron las ruedas otra vez en McCarran, delante de las cámaras, con barba de náufragos y las piernas tan dormidas que hubo que ayudarles a bajar. A Cook le preguntaron poco después si repetiría, y su respuesta quedó para los archivos del aeropuerto: la próxima vez que le entraran ganas de batir un récord de permanencia, dijo, se encerraría en un cubo de basura con la aspiradora en marcha hasta que abriera la consulta el psiquiatra. Habían despegado con las luces de Navidad recién puestas y aterrizaban pasada la cuesta de enero: 64 días, 22 horas y 19 minutos, y una distancia recorrida equivalente a dar seis vueltas al mundo sin moverse nunca de Nevada.

El récord sigue en pie más de sesenta años después: sobran aviones mejores y a nadie le ha compensado volver a hacerles eso a dos personas y a un motor. Quien quiera comprobarlo no tiene que ir a un archivo. La avioneta «Hacienda», restaurada con su rótulo y su matrícula, cuelga hoy del techo de la terminal del aeropuerto de Las Vegas, el antiguo McCarran, a unos metros de las máquinas tragaperras como las que Robert Timm arreglaba cuando a nadie se le había ocurrido todavía lo de la camioneta.