
—La paloma volvió a entrar por la ventana del desván a las siete.
—¿Otra vez?
—La quinta.
—Ledesma, Amaro, electricista. Aquí lo tengo, con las cuatro anteriores.
—Y usted otra vez, Iribarne. La veterinaria de las otras cuatro.
—Chelo. Ya van cinco. ¿La trae en una caja adecuada?
—La caja es adecuada. La ocupante discrepa.
—Déjela ahí encima. ¿Lleva anilla?
—Lleva anilla, carácter y una opinión muy firme sobre mi casa.
—Es mensajera. Están adiestradas para volver al palomar, no a la persona.
—Perfecto. Dígame dónde vive su dueño y termino mi gira.
—Un momento. Voy a buscar el número de la anilla.
—Busque también un teléfono. Quiero devolverla hoy.
—Yo quiero cerrar la ficha hoy. Por fin coincidimos en un objetivo.
—Mi objetivo incluye salir sin paloma.
—El mío incluye colocarla con alguien responsable.
—Con el anterior propietario, por ejemplo.
—Aquí está. La entregó él mismo hace dos meses.
—¿Entregó qué?
—La paloma.
—Entonces devuélvasela otra vez.
—Ya no vive en ese domicilio.
—Yo sí. Le compré la casa.
—¿También compró el desván?
—Venía pegado al resto.
—Eso explica los regresos.
—Explíquelo más despacio. Estoy intentando conservar la esperanza.
—El palomar estaba en su desván. Ahí aprendió por dónde se vuelve.
—Ya no hay palomar. Quité unas tablas, limpié plumas y puse herramientas.
—Para usted es un taller. Para ella es una reforma integral de su domicilio.
—¿No vuelve con quien la alimentó?
—Vuelve al lugar donde aprendió a regresar.
—¿Aunque cambie el propietario?
—La escritura de compraventa no se la enseñaron.
—El antiguo dueño se marchó, la dejó aquí y ella regresó a la casa.
—Exacto.
—Luego la traje yo, ustedes la recogieron y volvió a mi casa.
—Exacto.
—La semana pasada la llevé a otro refugio.
—¿Y volvió?
—Me llamaron a la hora de comer. La habían soltado al patio y ya no estaba.
—Entonces no se escapó: la soltaron.
—Llegó a casa antes que yo. Estaba en el tejado mirándome aparcar.
—Ya. Las mensajeras hacen eso.
—Tiene mejores horarios que mi ayudante.
—Podemos buscarle un cuidador con experiencia.
—¿A cuántos kilómetros?
—No hay distancia que la convenza. Si vuela suelta, lo intentará.
—Pues que el cuidador venga a vivir al desván.
—Eso sería adoptarlo a usted.
—Acepto si sabe reparar tejados.
—También podemos adaptar el espacio y mantenerla allí con cuidados adecuados.
—Yo vine a entregar un animal, no a abrir una sucursal del refugio.
—Ella opina que usted compró la sucursal completa.
—¿Qué pongo entonces en el formulario?
—Dirección del animal: su desván.
—¿Y propietario?
—La paloma ya tiene casa, electricista y chófer. En propietario escriba «la paloma».