Por capítulos · El ejemplar 215 · Del catálogo de Margen
Doscientos trece libros suben al camión

Antes: El Registro Nacional aprobó el 18 la autoría compartida de «Oficios de invierno», expediente 2038/1174: Herminia Sasal Nogueras y Casimiro Lete.
A las seis de la mañana del 19 de junio quedaban cero títulos por verificar. Doscientos catorce estaban apilados en el muelle trasero de la Biblioteca Provincial de Huesca, y uno de ellos, el que el sistema daba por destruido desde el 14 de marzo, esperaba aparte, encima de una carpeta.
Los dos camiones entraron marcha atrás con quince minutos de diferencia. El reloj de pared de la sala, once minutos adelantado desde marzo, marcaba las seis y once cuando Fabián Oyarzun, jefe de sala y responsable del expurgo, firmó la salida del lote.
—Doscientos trece —dijo—. Cuéntalos tú también.
Ainhoa Cortabarria, restauradora de la biblioteca, los contó. Los había verificado uno a uno durante dieciocho días: ciento noventa tenían un segundo ejemplar en otra provincia y veinticuatro no lo tenían en ninguna parte. Los veinticuatro subían igual. El artículo nueve del reglamento de campaña permitía retirar uno. Uno por campaña y por provincia.
El que se quedaba llevaba pegada en la contraportada una etiqueta verde con dos líneas impresas esa madrugada: EJEMPLAR PATRIMONIAL — CAMPAÑA 2038 — HUESCA, y debajo el número de expediente. No se tritura, no cuenta en el peso, no vuelve a desduplicación.
Remei Balaguer bajó del segundo camión con el portafirmas. Es operaria de la planta de pasta de papel de Sabiñánigo y lleva nueve años firmando actas de destrucción. Las firma por peso: la báscula del muelle da los kilos y el programa deduce los títulos. En marzo entraron mil novecientos kilos y el acta declaró cuatro mil cien títulos, y por esa cuenta el ejemplar 215 constaba destruido mientras estaba en un carro a ciento diez kilómetros de allí.
—Tengo la lista —dijo Ainhoa, y le puso delante siete folios grapados—. Doscientos trece, con signatura y título. Contados.
Remei leyó la primera hoja entera, que era más de lo que había leído nunca en un muelle a las seis y media de la mañana.
—La línea no la puedo parar —dijo—. El 22 entramos en mantenimiento tres semanas y lo que no llegue hoy se queda en el patio hasta julio.
—No te pido que la pares.
Remei sacó el bolígrafo y escribió el acta a mano, encima de la impresa. Donde el programa dejaba una sola casilla, ella puso dos: PESO BRUTO, 1.870 kilos. TÍTULOS, 213. Firmó las dos líneas por separado y le dio la copia rosa a Fabián.
—Esto no lo había hecho nunca —dijo.
—¿Y va a valer? —preguntó Fabián.
—Va a valer lo que valga. Pero el número que suba a Madrid esta vez es el que hay.
Grapó los siete folios detrás de su copia y los metió en el portafirmas.
—Esto sube con la carga —dijo—. Si en Madrid quieren el peso, ahí está el peso. Si alguna vez quieren saber cuántos libros eran, ahí están los títulos, uno debajo de otro. Lo de marzo ya no lo arregla nadie.
—No —dijo Ainhoa.
—Pues que sea la última vez que un número sale de una báscula.
A las siete y veinte los camiones salieron por la rampa. Otilia Bergua, catalogadora del fondo antiguo, los vio irse desde la puerta con las manos en los bolsillos de la bata. Tiene cuatro mil doscientos títulos sin catalogar en el sótano y le han dejado salvar cuatrocientos, y desde el martes lleva escrito en la primera página de su cuaderno el número 2038/1174, que es lo más parecido a un precedente que existe.
—Me lo he aprendido de memoria —dijo—. Por si me lo discuten en septiembre.
Ainhoa llamó a Ayerbe a las ocho y diez. Casimiro Lete Arbués, ochenta y nueve años, autor del libro de 1974, descolgó al cuarto tono.
—¿Salió? —preguntó.
—Salió. Con los dos nombres.
—¿En qué orden?
—En el del expediente. Ella primero.
Casimiro tardó unos segundos en contestar y luego preguntó qué tiempo hacía en Huesca. Hablaron de eso hasta que colgó.
Cuando un libro cambia de categoría hay que rehacerle la ficha entera, así que a las nueve Ainhoa mecanografió una nueva en una cartulina en blanco: signatura, título, imprenta Tramullas, Huesca, 1974. En la línea del autor escribió lo que venía impreso desde entonces, Casimiro Lete. El impreso de fichas no tiene una segunda línea de autor; tiene una sola, y debajo un espacio en blanco para notas.
El orden legal está en otro sitio. En el expediente 2038/1174 del Registro Nacional, en el apartado de autoría, Herminia Sasal Nogueras figura primera y Casimiro Lete Arbués segundo, que es como él lo pidió por escrito y como quedó aprobado el 18 a las siete y cuarenta de la tarde. En la cartulina de la biblioteca manda el orden de la imprenta, porque la cartulina la copia de la imprenta. Las dos cosas son ciertas: una dice quién escribió el libro y la otra dice quién lo firmó en 1974.
A las nueve y media la sala olía todavía a los palés vacíos. Fabián recogió los precintos del suelo, apagó la báscula del muelle y anotó en el parte interno que la entrada del 14 de marzo relativa al ejemplar 215 quedaba anulada por el expediente 2038/1174. Tardó dos minutos en escribirlo. Era el mismo sistema que tres meses antes había dado el libro por destruido sin que nadie lo mirara.
Ainhoa escribió el nombre de Herminia Sasal a mano en el espacio de notas, con la misma letra pequeña con la que rotula las cajas de restauración, y lo repasó a tinta para que no se fuera con el roce.
El ejemplar 215 volvió a la sala con una ficha nueva, y en la línea del autor, debajo de Casimiro Lete, estaba escrito el nombre de Herminia Sasal.