Mi abuelo doblaba el metal hasta que el metal decía sí. Yo doblo palabras y ninguna cede.
Él tenía el fuego de su parte, el yunque, la certeza de que lo duro también obedece si lo golpeas en el punto justo.
Yo trabajo un material más terco: lo intangible, eso que arde sin calentar y que se enfría en cuanto lo nombras.
Heredé sus manos pero no su paciencia con lo sólido. Busco la forma en lo que no la tiene, fundo el aire, martilleo el humo y algunas noches, muy pocas, sale una chispa que ilumina apenas el tamaño exacto de mi fracaso.
Él hacía rejas, campanas, arados. Yo hago esto: un ruido que se parece a la verdad y que a veces la deja pasar.