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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Centralia arde bajo sus casas desde el 27 de mayo de 1962

Centralia, un pueblo minero de Pensilvania, quemó su basura el 27 de mayo de 1962 en una fosa abierta dentro de una mina de carbón abandonada. Era la tarea municipal de todos los años antes del desfile del Día de los Caídos: prender los residuos y dejar limpio el vertedero. Los bomberos apagaron lo visible, pero el fuego había encontrado una abertura bajo la fosa y había alcanzado la antracita, un carbón duro y muy compacto; sesenta y cuatro años después sigue ardiendo debajo del pueblo.

El incendio se movió por galerías antiguas, grietas y bolsas de carbón sin un frente fácil de localizar. El suelo expulsaba gases calientes, algunas carreteras se agrietaban y ciertos sótanos acumulaban monóxido de carbono, un gas tóxico sin olor ni color. Hubo intentos de excavar barreras, inundar zonas y retirar material encendido, pero ninguno aisló el incendio entero. Bajo las casas había demasiados pasos mineros y demasiados puntos por los que el calor podía reaparecer.

Durante años, el pueblo siguió funcionando encima de esa combustión. En el censo de 1980 Centralia tenía 1.017 habitantes, con sus casas, sus comercios, sus iglesias y sus calles asfaltadas. En el censo de 2020 quedaban cinco personas.

El 14 de febrero de 1981, Todd Domboski, un vecino de doce años, cruzaba el patio de su abuela cuando se abrió bajo sus pies un socavón, un hueco creado al ceder el terreno. Cayó y logró agarrarse a una raíz. Su primo Eric Wolfgang, de catorce años, lo sacó tirando de él. Del agujero salían gases calientes del incendio.

En 1984 el Congreso de Estados Unidos aprobó 42 millones de dólares para el realojo. El dinero no se repartía por cabeza: servía para comprar voluntariamente casas y negocios, demolerlos y pagar los traslados. Muchas familias aceptaron vender y marcharse, las casas fueron derribadas y las parcelas quedaron cubiertas de hierba. En 1992 Pensilvania expropió el municipio entero. Algunos residentes recurrieron la medida y se negaron a abandonar sus hogares.

En 2002, el servicio postal retiró el código 17927. Los mapas aún podían mostrar el nombre, pero faltaban fachadas, buzones y cruces que antes daban sentido a las calles. Un tramo cerrado de la carretera 61, la vía estatal que atravesaba la zona, se llenó de pintadas y acabó con el apodo de autopista del grafiti. En abril de 2020 lo cubrieron con montones de tierra para impedir las visitas.

Los pocos que quedan viven allí por acuerdos que les permiten quedarse hasta su muerte. Alrededor, el incendio sigue respirando por grietas que cambian de sitio. No hay una llama continua bajo cada metro del pueblo: hay zonas de carbón encendido que avanzan despacio por la veta y pueden alimentar puntos calientes nuevos.

Los cálculos que se publicaron en 2006 le daban al fuego carbón para otros doscientos cincuenta años.