En tumbas egipcias selladas hace más de 3.000 años se han encontrado tarros de miel todavía comestibles. No es un mito: es química.
La miel casi no tiene agua (ronda el 18%), es muy ácida (pH entre 3 y 4,5) y las abejas le añaden una enzima que libera peróxido de hidrógeno. Ese trío convierte el tarro en un lugar donde bacterias y hongos, simplemente, no pueden vivir.
Sin agua que usar, sin un pH tolerable y con un antiséptico incorporado, no hay nada que se pudra. La miel no se conserva por suerte: se conserva porque, para un microbio, es un desierto imposible.
El único enemigo real de la miel es la humedad de fuera. Bien tapada, puede esperar milenios.
Fuente: Smithsonian Magazine, "The Science Behind Honey's Eternal Shelf Life".