Curiosidad · Del catálogo de Margen
Chicago ardió en 1871 y la vaca fue un invento de prensa

En octubre de 1997, el Ayuntamiento de Chicago aprobó una resolución que exoneraba formalmente a Catherine O'Leary, una lechera irlandesa muerta ciento dos años antes, y a su vaca. El texto decía, en resumen, que ni ella ni el animal habían provocado el Gran Incendio de Chicago de 1871. La había impulsado el concejal Edward Burke a partir del trabajo de Richard Bales, un historiador aficionado que era, de oficio, abogado de una compañía de títulos de propiedad y que se había pasado años leyendo las 1.100 páginas manuscritas de la investigación original. La sesión se celebró medio en broma. Era la primera vez en ciento veintiséis años que una institución de Chicago ponía por escrito que la vaca no tiró ningún farol.
1937. Hollywood estrena «In Old Chicago», una superproducción de la Twentieth Century-Fox en la que Alice Brady interpreta a la señora O'Leary y gana por ese papel el Óscar a la mejor actriz de reparto. La película pone la vaca, el establo y el quinqué en las pantallas de medio mundo. Para entonces el bulo ya no necesitaba periódicos: se cantaba en canciones populares y se contaba a los niños. Uno de los hijos de la familia, James O'Leary, apodado Big Jim, llegó a ser el dueño de la mayor casa de apuestas de Chicago, y la prensa lo presentó siempre como el hijo de la mujer de la vaca.
La casa de los O'Leary no se quemó. El viento de aquella noche empujó el fuego hacia el noreste, es decir en dirección contraria, y la familia acusada de destruir Chicago se quedó a vivir en una de las pocas construcciones de su manzana que siguieron en pie. Los curiosos iban a verla.
1927. Muere en Chicago Michael Ahern, reportero de sucesos y último superviviente de los que cubrieron el incendio. Seis años antes había firmado la única retractación con fecha y con comillas que existe sobre este asunto.
1921. Tribune del 9 de octubre, el gran diario de la ciudad, cincuenta años justos después del fuego. Ahern escribe: «Quiero dejar constancia de que el incendio no lo provocó la vaca de la señora O'Leary volcando un quinqué. No ocurrió nada de eso. Aquella versión del origen del fuego fue una invención en la que quien escribe estas memorias confiesa haber tenido parte culpable. En justicia con el animal difamado y con la señora O'Leary, que murió hace muchos años, hago esta reparación tardía». La vaca se la habían inventado entre él y dos compañeros que para entonces ya habían muerto.
Ni siquiera la retractación está limpia. Buena parte de las obras de referencia fechan la confesión de Ahern en 1893, y el proyecto documental del Chicago History Museum sobre el incendio la coloca en el cuadragésimo aniversario, en 1911, con un detalle incómodo: un colega sostuvo después que esa columna la había escrito él y que la firma de Ahern se puso encima. La única versión que cualquiera puede leer hoy con fecha exacta y entre comillas es la de 1921.
Lo que sí está fechado es el daño. Catherine O'Leary murió el 3 de julio de 1895 en la misma ciudad que la señalaba. Murió veintiséis años antes de que Ahern firmara su reparación y ciento dos antes de la resolución del Ayuntamiento. Los vecinos la reconocían por la calle. Los periódicos publicaban dibujos de ella con la vaca. Dejó de salir de casa.
1871, noviembre y diciembre. La Junta de Comisarios de Policía e Incendios abre la investigación oficial sobre el origen del fuego y la centra, precisamente, en el establo de los O'Leary. Durante nueve días toma declaración a unas cincuenta personas: bomberos, vecinos de DeKoven Street, el hombre que dio la primera alarma. Las actas suman más de mil cien páginas manuscritas. Catherine O'Leary declara bajo juramento que estaba en la cama cuando empezó el fuego; ella y su marido, Patrick, se habían acostado temprano porque él trabajaba al día siguiente.
La conclusión del tribunal es una sola frase, y es exactamente la contraria a lo que la ciudad ya daba por sabido: «Si se originó por una chispa arrastrada desde una chimenea en aquella noche de viento, o si fue prendido por mano humana, no estamos en condiciones de determinarlo».
Ahí estaba, en el expediente, en diciembre de 1871. No sirvió de nada. Para entonces la vaca llevaba dos meses circulando.
9 de octubre de 1871. Con el fuego todavía ardiendo, el Chicago Evening Journal saca una edición extra con la versión que va a durar siglo y medio: una mujer ordeña de noche, la vaca patea el quinqué, arde el heno. El Evening Journal no puso su nombre; el nombre llegó en los días siguientes y ya no se fue. La historia venía con la culpable incluida, y con dirección: una inmigrante católica y pobre en una ciudad donde unos cuarenta mil vecinos habían nacido en Irlanda, uno de cada ocho, y donde la prensa los trataba en consecuencia.
8 de octubre de 1871, entre las ocho y media y las nueve de la noche. El fuego empieza en el establo de la parte de atrás del 137 de DeKoven Street, o junto a él; sobre ese solar está hoy la academia de bomberos de Chicago. Eso nunca se ha discutido. Lo que se discute es quién o qué lo encendió.
Chicago era en 1871 una ciudad de más de 300.000 habitantes construida en madera: dos tercios de sus edificios, incluidas las aceras y muchas calzadas, eran tablones de pino. Había llovido dos centímetros y medio en tres meses. Soplaba un viento fuerte del suroeste. El vigilante de la torre señaló el fuego en el sitio equivocado y los bomberos salieron hacia otra manzana; el telegrafista se negó a corregir la alarma para no confundir a los equipos. Los mismos hombres acababan de pasar dieciséis horas apagando un incendio declarado la noche del sábado unas diez manzanas al norte, que se había llevado por delante cuatro manzanas enteras.
El resultado: unos 300 muertos, 3,3 millas cuadradas arrasadas —unos 8,5 kilómetros cuadrados, con más de 17.000 edificios dentro— y cerca de 100.000 personas sin casa, un tercio de la ciudad. El fuego ardió hasta la madrugada del 10 de octubre y lo apagó la lluvia.
Queda un dato que ninguna resolución municipal ha reparado. Aquella misma noche del 8 de octubre de 1871, a unos cuatrocientos kilómetros al norte, en Peshtigo (Wisconsin), un incendio forestal alimentado por la misma sequía y el mismo viento mató a entre 1.200 y 2.400 personas y quemó varios pueblos enteros: es el incendio más mortífero de la historia de Estados Unidos, cuatro u ocho veces más letal que el de Chicago. No hay cifra exacta de víctimas porque los registros civiles de esos pueblos ardieron dentro de ellos.