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Curiosidad · Del catálogo de Margen

En 1859 dos telegrafistas trabajaron sin pilas

Boston, 2 de septiembre de 1859: dos telegrafistas desconectaron las pilas de la línea que unía la ciudad con Portland, en Maine, y siguieron transmitiendo mensajes. Durante unas dos horas, los aparatos funcionaron únicamente con la corriente eléctrica inducida por la tormenta geomagnética. El diálogo entre ambos operadores apareció ese mismo mes en el Boston Traveller, un periódico de la ciudad.

La causa había sido vista la mañana anterior. Richard Carrington, astrónomo inglés dedicado al estudio del Sol, proyectaba la imagen solar en su observatorio privado de Redhill, Inglaterra, cuando dentro de un grupo de manchas estallaron dos zonas de luz blanca intensísima. Era la mañana del 1 de septiembre de 1859. Carrington salió a buscar a otra persona que confirmara la observación, pero el destello se debilitó antes de que pudiera regresar. Richard Hodgson, otro astrónomo inglés, lo había visto a la vez y por su cuenta desde otro observatorio.

Diecisiete horas y media después de aquella fulguración, una liberación repentina de energía solar, los telégrafos de Europa y Norteamérica empezaron a recibir una corriente que nadie había mandado. La explicación que hoy se acepta es que la fulguración lanzó una eyección de masa coronal, una enorme nube de plasma y campo magnético, y que esa nube recorrió los cerca de 150 millones de kilómetros hasta la Tierra en menos de un día, cuando lo normal son tres o cuatro. Ninguna medición de 1859 lo demuestra directamente: se deduce del intervalo entre las dos cosas.

La noche del 1 al 2 de septiembre, las auroras descendieron mucho más allá de las regiones polares. Hubo testimonios desde Cuba, Hawái y Colombia. En algunos lugares el resplandor fue tan claro que permitió leer el periódico de noche. En las Montañas Rocosas, varios buscadores de oro se levantaron porque creyeron que estaba amaneciendo.

Las líneas telegráficas de Estados Unidos y Europa actuaron como largos conductores. Las variaciones del campo magnético terrestre generaron corriente en los cables, incluso donde las baterías estaban apagadas. Saltaron chispas de los equipos, ardió papel telegráfico y varios operadores recibieron descargas. Algunas oficinas suspendieron el servicio porque sus propias fuentes de alimentación empeoraban las interferencias.

En la línea de Boston a Portland ocurrió lo contrario. El operador de Boston pidió al de Portland que retirase por completo su batería durante quince minutos. Después desconectó la suya. Ambos comprobaron que recibían mejor las señales alimentadas por la corriente auroral y mantuvieron la comunicación durante unas dos horas, hasta que la actividad disminuyó y volvieron a conectar las pilas.

La observación simultánea de Carrington y Hodgson ayudó a relacionar una erupción solar con una perturbación magnética terrestre. El episodio acabó recibiendo el nombre de evento Carrington y continúa siendo la referencia histórica para las tormentas solares extremas. Un informe de 2008 del Consejo Nacional de Investigación de Estados Unidos, el brazo asesor de la National Academy of Sciences, estimó que un episodio de esa talla costaría entre uno y dos billones de dólares solo durante el primer año, y que la recuperación completa del sistema eléctrico podría llevar de cuatro a diez años.