
El Sol tiene unos 4.600 millones de años. Y sin embargo, una parte del agua que hay en tu vaso ya existía antes de que se encendiera.
En 2014, un equipo dirigido por la astrónoma Ilse Cleeves publicó en la revista Science un cálculo elegante. El agua de la Tierra contiene una proporción delatora de deuterio, un hidrógeno pesado. Ese exceso solo pudo fabricarse en un sitio: el frío extremo de la nube interestelar de la que después nació el sistema solar. Hielo formado a unos veinte grados sobre el cero absoluto, molécula a molécula, sobre granos de polvo.
El disco de gas que rodeaba al Sol recién nacido estaba demasiado caliente para producirlo. Conclusión del estudio: entre el 30 y el 50 % del agua de nuestros océanos es anterior al propio Sol. Hielo huérfano que sobrevivió al nacimiento de la estrella, viajó a bordo de cometas y asteroides y acabó lloviendo sobre una roca templada.
Cada vez que llenas un vaso, sirves moléculas que ya estaban ahí antes de que existiera el primer amanecer. El agua no es de la Tierra: la Tierra es, en parte, su último destino.