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Relato · Del catálogo de Margen

Cosas que se dan por perdidas

En la oficina de objetos perdidos de la estación trabajé once años. La gente venía a buscar paraguas, carteras, gafas, algún anillo caído entre las vías. Yo tenía un método: cada objeto, una etiqueta; cada etiqueta, una fecha. Lo que no se reclamaba en noventa días se donaba. Nada se guardaba para siempre. Esa era la regla, y a mí las reglas me sostenían.

Una tarde de noviembre entró una mujer mayor, con un abrigo demasiado grande, como si lo hubiera heredado de alguien más alto. Se acercó al mostrador y no dijo paraguas, ni cartera, ni maleta.

—Vengo a buscar a mi hijo —dijo—. Lo perdí aquí, en el andén tres, en 1981. Tenía seis años. Le solté la mano un segundo.

Yo llevaba once años dando malas noticias con voz suave: no ha aparecido, quizá mañana, lo siento. Abrí la boca para decir que aquello no era esa clase de oficina, que yo solo guardaba cosas, objetos, cosas que caben en un estante.

Pero la miré y no pude. Le pregunté cómo era. Me lo describió con un detalle feroz, el jersey rojo, el diente que le faltaba, la manera en que arrastraba los pies. Habló diez minutos. Yo iba anotando en una etiqueta, sin darme cuenta, como si aquel niño también pudiera archivarse.

Cuando terminó, le entregué la etiqueta. No sé por qué lo hice. Ella la leyó, la dobló con cuidado, se la guardó en el bolsillo del abrigo enorme.

—Gracias —dijo—. Nadie me había dejado describirlo entero. En casa ya nadie lo nombra.

Se fue. No volvió nunca. Me jubilé el año pasado y la oficina la cerraron. La víspera, vacié los estantes, doné lo que quedaba, cumplí la regla hasta el final. Solo me llevé una cosa: una etiqueta en blanco, sin fecha, por si alguna vez vuelve alguien a buscar lo que no cabe en ningún estante.