Durante tres años oí a mi vecina del cuarto tocar el piano cada noche a las once. No era buena. Se equivocaba siempre en el mismo compás, repetía, volvía a empezar. Yo llegué a odiar aquel error, y luego a esperarlo, y al final a necesitarlo para poder dormir.
Nunca la vi. Sabía de ella lo que sabe uno de las paredes: que existía, que respiraba al otro lado.
La noche que dejó de tocar me quedé despierto hasta las tres, con el oído pegado al techo, esperando un error que no llegó. A la mañana siguiente bajé a preguntar. Llamé al cuarto. Me abrió un hombre en camiseta, despeinado, con cara de haber dormido mal él también.
—Perdone —dije—, su vecina, la del piano...
—Aquí no hay ningún piano —contestó—. Vivo solo. Llevo doce años aquí.
Insistí. Le hablé del error en el mismo compás, de las once en punto, de los tres años. Él me miró con una paciencia rara, la que se tiene con los que confunden los pisos.
—Mi mujer tocaba —dijo al fin, y algo se le rompió en la voz—. Se equivocaba siempre en el mismo sitio. Murió hace tres años. Yo no he vuelto a abrir la tapa.
Nos quedamos los dos en el umbral, sin saber qué hacer con aquello. Le pregunté, porque no supe callarme, por qué había dejado de sonar justo esa noche.
—Anoche vendí el piano —dijo—. Ya no lo aguantaba.
Volví a mi casa. Esa noche, a las once en punto, me senté en el borde de la cama y esperé. No sonó nada. Y por primera vez en tres años entendí que el error no había sido nunca de ella. Era mío, que había aprendido a dormir sobre el dolor de un desconocido.