
14 de septiembre. Valbarreda (Jaén). Expediente 4471.
Atornillada a un pedestal de granito, a cuatro metros del árbol quemado, una placa dice: OLIVO DE LA FUENTE. MÁS DE MIL AÑOS. ÁRBOL MONUMENTAL DE VALBARREDA. A las nueve y media corté una rodaja limpia de la rama gruesa que el fuego había tirado al suelo, la lijé con el taco de grano 120 que llevo en la caja y me senté en el poyete de la fuente a contar anillos con la lupa. Setenta y nueve. Los conté tres veces y las tres veces me salió lo mismo.
Me llamo Valentina Cañedo y perito siniestros de arbolado para una mutua agraria. La tormenta seca del 2 de septiembre dejó dos rayos en el término y uno de ellos entró por la horquilla de este olivo. El tronco está hueco, como corresponde a su supuesta edad, y el fuego subió por dentro igual que por una chimenea: el árbol quedó en pie, negro, con la copa muerta y una rama de treinta centímetros de diámetro en el suelo. El ayuntamiento lo tiene asegurado por 60.000 euros como ejemplar monumental. Mi trabajo consiste en poner por escrito qué se ha quemado exactamente.
Reme Santamaría, la alcaldesa, me esperaba a pie de árbol con una carpeta de recortes. Cuarenta y un años, dos legislaturas. Me puso el acuerdo de pleno delante y señaló la partida: la cubierta del consultorio médico. «Con eso arreglamos el tejado y todavía sobra», me dijo. Le contesté que primero tenía que certificar la edad.
15 de septiembre.
Los setenta y nueve anillos no prueban nada por sí solos, y eso es lo primero que voy a escribir en el informe para que nadie lo use al revés. El olivo es un árbol tramposo de contar: forma anillos falsos cuando hay dos ciclos de lluvia en la misma temporada, se pudre por el corazón hasta quedarse hueco, y los brotes que echa desde la base pueden ser mucho más jóvenes que el pie. Datar un olivo por anillos se parece a medir la edad de una casa por la pintura del recibidor.
He pedido en secretaría todo lo que haya del árbol y hay menos de lo que esperaba. El expediente empieza con el acuerdo de pleno de 12 de marzo de 1999 que lo declara monumental, sigue con la factura del pedestal y de la placa, y ahí se acaba. La placa la fundió un taller de Linares y la fecha de fundición está en el reverso, abajo, donde no la lee nadie: 1999. La fiesta del Olivo de la Fuente, que Reme llama «de siempre», va por la vigesimoséptima edición. La primera fue también en 1999.
16 de septiembre.
Mañana entera en el archivo municipal, que son dos armarios en el altillo del salón de plenos. Entre las fotos de la cofradía apareció lo que buscaba sin saber que lo buscaba: una imagen de la plaza de la Fuente fechada el 3 de mayo de 1997, con la cruz de mayo montada y quince personas delante del olivo.
El olivo de 1997 tiene dos troncos. Dos, separados desde el suelo, con una cicatriz de podón —la cuchilla curva de podar— que sube en diagonal por el de la izquierda. El de 2026 tiene uno y no tiene cicatriz. He medido sobre la copia ampliada usando la puerta de la ermita como escala: el perímetro del de 1997 no baja de cinco metros. El del árbol quemado, con cinta métrica a un metro treinta del suelo, es de 3,42.
Un olivo no adelgaza metro y medio de perímetro en veintinueve años.
17 de septiembre.
Con permiso por escrito de la alcaldesa abrí una cata de sesenta por sesenta centímetros a un metro del pie, en el lado de la fuente, para ver la disposición de las raíces gruesas. A los treinta y cinco centímetros la pala dio contra algo que no era piedra.
Una cinta de nailon verde, de eslinga de carga, todavía tensa alrededor de una raíz del grosor de mi brazo. Debajo, un aro de cable de acero de seis milímetros, cortado y remachado. Y a cuarenta y cinco centímetros, rodeando el cepellón entero, la bola de tierra y raíces con la que se mueve un árbol, un anillo de tubo corrugado de drenaje de los que se vendían en los noventa, con los agujeros hacia arriba y un gotero de riego localizado enchufado y comido de raíces.
Ese es el equipamiento de un trasplante. Nadie ata con eslingas ni pone drenaje alrededor de un árbol que nació donde está. Lo apunté en el cuaderno tal cual: el Olivo de la Fuente llegó a Valbarreda en un camión.
18 de septiembre.
A Balbino Ortiz lo encontré donde me habían dicho que estaría, en el huerto de abajo, injertando membrillos. Setenta y cuatro años, jardinero municipal de Valbarreda desde 1979 hasta que se jubiló en 2011. Le dije el número de la cata y a qué profundidad estaba la eslinga. Él siguió con el injerto.
—Al olivo se le dio una poda fuerte en el noventa y ocho. Eso es todo lo que hubo.
—A un olivo no se le pone drenaje alrededor del cepellón cuando se le poda.
—Yo hice lo que me mandaron.
Le pregunté quién se lo mandó y no contestó. Le pregunté si le preocupaba algo, y eso sí me lo contestó, sin levantar la vista de la navaja: que tiene setenta y cuatro años, una pensión de jardinero municipal y una hija viviendo en el pueblo.
Le repetí las dos profundidades, la eslinga a treinta y cinco centímetros y el drenaje a cuarenta y cinco, y le dije que las dos iban a ir en el informe con sus fotografías, con su nombre dentro o sin él. Dejó la navaja en el cajón, se limpió las manos en el pantalón y me hizo entrar en el cobertizo.
Sacó de una caja de galletas un papel doblado en cuatro, de calco, de esos que se escribían con dos copias debajo.
—Con mi nombre, entonces —dijo—. Pero léalo entero.
El olivo viejo, el de los dos troncos, se vendió en junio de 1998 por 1.200.000 pesetas a un centro de jardinería de la provincia de Alicante. La operación la firmó Julián Retamar, alcalde entonces, para cerrar el desfase de la piscina municipal, inaugurada el verano anterior con dos certificaciones sin pagar. Cinco meses después llegó el sustituto en una góndola desde Alcañiz, en Teruel, donde hay comercio legal de olivos gruesos arrancados de bancales que ya no se labran. Balbino lo plantó en tres días con dos peones y una retroexcavadora alquilada, y lo estuvo regando a mano todo el invierno.
—Nadie preguntó —dijo—. Se fue a primeros de agosto y volvió a mediados de noviembre. La gente creyó que lo habíamos podado fuerte.
Le pregunté por qué no lo contó nunca.
—Al año siguiente le pusieron la placa y montaron la fiesta.
19 de septiembre.
Se lo he contado esta mañana a Reme Santamaría en su despacho, con la foto de 1997, las fotografías de la cata y el albarán encima de la mesa. Estuvo un rato largo mirando el papel de calco sin tocarlo. Después preguntó:
—¿Se paga?
Se paga otra cosa. La póliza fija los 60.000 euros sobre el valor de reposición de un ejemplar monumental de más de trescientos cincuenta años, y lo que se ha quemado es un olivo de unos ochenta, con 3,42 metros de perímetro y una copa que se recupera podando por encima del injerto. El valor de reposición de eso, arrancado, transportado y plantado, está en 4.100 euros según la tarifa de este año. Lo pondré con los dos números uno debajo del otro, para que nadie tenga que buscarlos.
Antes de cerrar el informe llamé al centro de jardinería de Alicante. Sigue abierto y el olivo sigue vivo. Está plantado en la entrada, al lado de la caja, con su aro de riego, sus dos troncos y la cicatriz de podón subiendo en diagonal por el de la izquierda. Tiene un cartel: «Olea europaea. Ejemplar monumental. Más de mil años». Está a la venta. Piden 38.000 euros y el transporte aparte. Se lo he contado a Reme por teléfono esta tarde y ha tardado un rato en preguntarme si eso iba también en el informe. Va en el anexo III, con la fotografía que me han mandado ellos mismos por correo.
El informe sale mañana con cuatro anexos. El cuarto es el albarán que me dio Balbino, grapado tal como me lo entregó. Dice: «Un ejemplar de olivo, variedad empeltre, perímetro de tronco 3,10 m, procedencia Alcañiz (Teruel), entregado en Valbarreda el 12 de noviembre de 1998. Portes incluidos: 310.000 pesetas». Y al pie, a lápiz, con la letra de Balbino: «Plantado el 14. Regado el 15, el 16 y el 17. Agarró».