
En la playa de Orchard Beach, al norte del Bronx, el socorrista Frank Pia se dedicó a filmar en dieciséis milímetros los rescates que se hacían allí. Después miró aquellas películas fotograma a fotograma, buscando qué hace exactamente una persona en los segundos anteriores a que alguien la saque del agua. En ninguna aparecía un ahogado que gritara ni que sacara los brazos del agua para pedir ayuda.
Lo que se ve en esas imágenes es otra cosa, y es tan poco llamativa que pasa por juego. La cabeza está muy baja, con la boca justo al nivel del agua. La cara se levanta un instante y vuelve a bajar. Los brazos no se agitan hacia arriba: se abren a los lados y empujan el agua hacia abajo, una y otra vez, como palanca para asomar la nariz. Las piernas no baten, y el cuerpo queda vertical, plantado en el agua. No hay chapoteo. Nadie llama a nadie por su nombre. Pia montó con ese material la película de formación On Drowning en 1970 y publicó la descripción en 1974, con el nombre que se usa hoy: respuesta instintiva de ahogamiento.
El grito y los brazos en alto vienen del cine, que necesita que el espectador vea desde su asiento que alguien se está ahogando. Los manuales de socorrismo anteriores a esos años copiaban el mismo cuadro, porque nadie lo había filmado en una playa de verdad.
Que no haya voz tiene una explicación mecánica. Hablar es una función secundaria del aparato respiratorio: primero se respira y, si sobra aire, se habla. Una persona que se está ahogando tiene la boca por debajo de la superficie casi todo el tiempo y, en los instantes que la asoma, tiene que espirar y volver a inspirar. Ese hueco dura una fracción de segundo. No hay aire de más para gritar.
Extender el brazo por encima de la cabeza y moverlo exige apoyarse en algo, y ahí no hay nada: el agua solo devuelve empuje si se la aprieta hacia abajo. Por eso aprieta hacia abajo: es lo único que le sube la cara.
Y dura poco. Según la descripción de Pia, un adulto se sostiene así entre veinte y sesenta segundos antes de hundirse; una criatura, menos, y durante ese minuto la escena parece tranquila.
Cabeza baja y boca a la altura del agua. Cabeza hacia atrás con la boca abierta. Ojos con la mirada perdida o cerrados. Pelo tapando la cara sin que la persona se lo aparte. Cuerpo en vertical y quieto, sin patada. Intento de nadar que no avanza. Respiración muy rápida y corta, a bocanadas. Manos que empujan el agua hacia abajo en vez de hacia arriba. Esas ocho señales son las que usan los socorristas a diario y se aprenden en dos minutos.
La prueba práctica es una pregunta: ¿estás bien? Un bañista que puede contestar puede respirar. Si no contesta en tres segundos, ya no hay nada que valorar y se actúa. Y se actúa desde fuera, porque los rescatadores que entran al agua con las manos vacías se ahogan también: se le lanza algo que flote —una nevera portátil, un bidón cerrado, un balón— o se le acerca algo largo que él pueda agarrar mientras tú sigues haciendo pie, un remo, una toalla retorcida, el asa de una sombrilla. Alcanzar o lanzar, no meterse.
Hay otra situación que sí se parece a la del cine, y por eso se reconoce sin esfuerzo: el apuro en el agua. Alguien cansado, con un calambre o con el flotador lejos todavía se mantiene a flote, así que puede gritar, puede agitar el brazo y puede agarrar una cuerda si se la lanzan. Ese es el caso que sale en las películas y en las series.
En España se ahogan más de trescientas cincuenta personas al año en playas, ríos, embalses y piscinas, y en los peores años se han pasado de cuatrocientas cincuenta, según el recuento anual de la Real Federación Española de Salvamento y Socorrismo, y una parte de esas muertes ocurre con gente delante. La mayoría se produce en espacios sin vigilancia, que es justo donde el único socorrista posible es quien esté al lado. Y con los niños es peor, porque un niño pequeño se hunde en menos tiempo y sin hacer ruido.
La próxima vez que haya niños en el agua, no escuches: cuenta cabezas cada treinta segundos y busca la que tenga la boca a la altura del agua y no avance.