Mi hija tenía cuatro años el verano que le enseñé a nadar. La sostenía por la barriga en el agua poco profunda, y ella pataleaba muerta de risa gritando «¡no me sueltes, no me sueltes!». Yo prometía que no, con los dedos ya un poco separados de su piel, dejando que fuera ella, sin saberlo, la que se mantenía a flote.
Ayer la acompañé al aeropuerto. Se iba al otro lado del mundo, con una vida entera empaquetada en dos maletas y los ojos brillándole de puro miedo y ganas.
Me abrazó fuerte en la cola de embarque y me dijo, bajito, «no me sueltes todavía». Y yo la abracé, y le prometí que no, igual que aquel verano.
Luego cruzó el control, se giró una vez para decir adiós con la mano, y la vi alejarse nadando ella sola, perfectamente, hacia la otra orilla. Igual que aquel verano. Solo que esta vez yo ya no hacía ninguna falta, y esa era, exactamente, la promesa cumplida.