Curiosidad · Del catálogo de Margen
Nínive cae en 612 a.C. y el fuego guarda su biblioteca

En el 612 a.C. una coalición de medos y babilonios entró en Nínive y prendió los palacios. Bajo esos techos había un archivo de casi treinta mil tablillas de arcilla mandado copiar por Ashurbanipal, el último rey grande de Asiria, para su propia lectura. La arcilla estaba blanda: los escribas prensaban las cuñas con estilos de caña y luego dejaban secar los ladrillos al aire. Ninguna estaba cocida.
El incendio arrasó los muros. También coció las tablillas. Los ladrillos tardarían dos milenios y medio en volver a ver la luz.
Cuando en 1853 Hormuzd Rassam, asiriólogo iraquí al servicio del British Museum, excavó el montículo de Kuyunjik y sacó ladrillos endurecidos por el fuego con las cuñas todavía legibles, encontró entre ellos la undécima tablilla del Poema de Gilgamesh: la historia del diluvio que se leería después como un espejo del Génesis. Junto a eso, catálogos, cartas de embajadores, presagios astronómicos, listas de reyes de mil quinientos años. La biblioteca de Ashurbanipal es la razón por la que hoy sabemos leer acadio: sin ella, buena parte del vocabulario mesopotámico se habría quedado en signos mudos sobre piedras aisladas.
La imagen aguanta: el fuego del enemigo horneó el archivo del rey. Sin ese incendio, la arcilla habría seguido blanda, expuesta a los siglos, y habría vuelto al barro. Se leen mejor hoy que el año en que se escribieron.