
Tienes un bote de SPF 50 en la mochila y crees que te ha comprado la mañana entera. No has comprado tiempo. Un protector SPF 50 exige exactamente la misma reaplicación que uno SPF 15, y el número del envase no es un reloj: no convierte veinte minutos seguros en mil minutos al sol.
SPF significa factor de protección solar, y lo que compara son dos dosis: la radiación ultravioleta que hace falta para enrojecer tu piel con crema frente a la que la enrojecería sin ella, medido en laboratorio. Habla de radiación acumulada. La intensidad cambia con la hora, la latitud, las nubes, la altitud y el reflejo del agua, así que multiplicar «los minutos que aguanto» por 50 solo produce una falsa tranquilidad.
Los números tampoco están tan lejos entre sí como parece. Aplicados en la cantidad del ensayo, un SPF 15 filtra alrededor del 93 % de la radiación UVB, la que quema; un SPF 30, el 96,7 %; y un SPF 50, el 98 %. Del 15 al 50 ganas cinco puntos de filtrado. Deja pasar un 2 % en vez de un 7 %.
Aquí llega la condición que casi nadie cumple. Para certificar un SPF se extienden 2 miligramos de crema por cada centímetro cuadrado de piel: una capa gruesa y uniforme que, para un cuerpo adulto en bañador, son unos 30 o 35 mililitros, el contenido de un vaso de chupito. En la vida diaria la gente se pone entre un cuarto y la mitad de eso, y encima se salta las orejas, el cuello, los empeines, la línea del pelo y el borde del bañador.
Lo que ocurre entonces no es una regla de tres. En 2007, los dermatólogos daneses Faurschou y Wulf midieron en el British Journal of Dermatology cómo cae el factor cuando baja la cantidad, y la caída resultó exponencial: con la mitad de la dosis, un protector de 50 se comporta más cerca de un 7 que de un 25. Ese es el número que te falta cuando te preguntas por qué te has quemado llevando crema.
De ahí sale todo lo demás. La cantidad es la decisión importante, y se toma antes de salir de casa, con tiempo para repartirla sin prisas por toda la piel que vaya a recibir sol. Dos gotas por pierna no se acercan a la dosis probada; el vaso de chupito, sí. Si una capa gruesa te incomoda, repártela en dos pasadas: la primera te enseña las zonas que te saltas y la segunda completa la película. Y no la mezcles con la hidratante en la palma: diluyes una fórmula que se ensayó sola.
Esos 2 miligramos por centímetro cuadrado mandan también en los formatos cómodos. Con un aerosol tienes que ver el producto sobre la piel y repasarlo después con la mano, porque una nube rápida se va con el aire y deja huecos. Con una barra necesitas varias pasadas superpuestas. Y una base de maquillaje con SPF entrega el factor anunciado solo si te pones la cantidad de su ensayo, muy por encima de lo que admite un acabado natural. El formato te facilita el hábito y te deja intacta la aritmética.
Después está el reloj, que sí existe, aunque no sea el que crees: renueva la crema cada dos horas mientras sigas expuesto, y antes si has nadado, has sudado mucho o te has secado con la toalla. «Resistente al agua» quiere decir que aguanta un baño medido en minutos, no que sea impermeable. Y ponerte un 30 encima de otro 30 no te da un 60: repone parte de lo que se ha ido, nada más.
Conviene además mirar más allá del número. El SPF describe sobre todo la UVB, mientras que la UVA penetra más hondo y se acumula en forma de envejecimiento y daño celular, así que busca en la etiqueta la protección de amplio espectro. Y trata la crema como la última barrera de una fila en la que van delante la sombra, la ropa, la gorra y las horas centrales pasadas bajo techo.
Lo que no vale es usar el factor alto como permiso para quedarte más rato. Un 50 perdona mejor los fallos pequeños que un 15, pero no retrasa el sol ni impide que el producto se vaya con la toalla. La instrucción que hace verdadero el número del envase cabe en una línea: ponte mucha más cantidad de la que te parece elegante y vuelve a ponerla a las dos horas.