Por capítulos · El coche de la plaza 214 · Del catálogo de Margen
La caja gris se paró el día que llegó la grúa

Antes: Ruth, becaria del depósito municipal, custodia la furgoneta de la plaza 214, embargada por 214.000 € del atropello del hermano de Aitana.
Faltan 33 días. Yeray Bosch, técnico de mantenimiento en Frigoríficos del Levante, entra en el patio del depósito a las diez y cuarto, con el mono azul de la empresa y un termo de café. Ruth Anglada le pide que mire una foto en el móvil: la que Aitana Pomares hizo desde la valla, con zoom, del interior de la furgoneta.
—Es una Thermo King —dice Yeray al primer segundo—. DPS cien, la que llevaban los isotermos del pescado.
Ruth se guarda el móvil.
—Y ¿qué hace?
—Escribe.
Yeray se apoya contra el muro. Le explica lo que Ruth necesita saber, no lo que sabe él, que es media carrera de electrónica.
—Es un registrador térmico. Va atornillado detrás del asiento del copiloto para que no se despiste ningún camarero. Si transportas pescado fresco y no llevas registro de temperatura, la Guardia Civil te caza en la carretera. En 2023, en Alicante, tres empresas perdieron la licencia por eso.
—Y la temperatura la escribe siempre.
—No: solo cuando el motor le da corriente. La caja tira de la batería del vehículo, así que escribe cuando el motor está en marcha o cuando alguien deja la llave puesta en el uno. Y no escribe solo temperaturas. Cada arranque, cada apertura de puerta, la hora exacta y el número de llave con el que se ha abierto. Papel térmico del cincuenta y siete.
Ruth apunta cincuenta y siete en la libreta.
—¿Y si no arranca?
—Si no arranca, no escribe. Pero no borra lo que tenía. La bobina se enrolla dentro y se queda como un rollo de tickets del supermercado. La he abierto muchas veces cuando se atascan.
Ruth mira la furgoneta al fondo, hilera catorce, plaza 214. En dos años y medio de depósito nadie ha metido llave en el contacto. La grúa la trajo apagada, la aparcaron marcha atrás, echaron el freno de mano y le pusieron el precinto amarillo de los embargos.
—O sea —dice Ruth despacio, contando con los dedos— que la caja se paró el día que llegó la grúa. Y desde entonces el papel está entero ahí dentro.
—Con la bobina llena, sí. Escribió hasta el instante en que se acabó la corriente en la carretera. Todo lo anterior sigue leyéndose.
—¿Y las llaves?
—Cada llave lleva un chip. El registrador lo lee y escribe un número: 01, 02, 03… Si tú abres con la uno y arrancas con la dos, la caja lo dice. Y si abres sin llave, forzando la puerta, también: escribe «apertura sin llave» y la hora.
Ruth no habla. Yeray sí:
—Para bajarlo hacen falta tres cosas. Una es una batería de arranque cualquiera, con pinzas: le das doce voltios al conector amarillo y despierta. La segunda es un rollo nuevo de papel térmico del cincuenta y siete, porque el que quedaba dentro se acaba en cuanto empieza a imprimir de golpe la memoria entera. En cualquier ferretería del polígono Torrellano te lo dan por dos euros. Y la tercera es abrir la puerta del copiloto de una furgoneta que no es tuya, aparcada en un depósito municipal, y a la que la ley te prohíbe tocar.
Ruth asiente muy corto.
—El registro está entero.
—Entero. Cabeza a cola. La noche del atropello, cada arranque, la vuelta al polígono, la llegada de la grúa. Con la llave que hubiera puesta.
Guarda el termo. Vuelve a mirar la hilera catorce y ya no dice nada más. Ruth tiene siete horas por delante y treinta y tres días.
—Nadie mira el patio a las cuatro de la mañana —dice Yeray, sin mirarla—. Chelo entra a las cinco. Bruno, a las nueve. Hay un enchufe libre en la caseta del guarda: la batería la puedes cargar allí la noche anterior. Yo tengo dos en el taller. Y en el conector amarillo hago yo las pinzas.
Se van cada uno por su lado. Ruth vuelve a la garita con el número cincuenta y siete apuntado en la libreta, y con dos horas apuntadas debajo: las cuatro y las cinco. Al lado ha escrito, con el bolígrafo mordido de los recibos, tres palabras: batería, papel, delito. Debajo tacha «delito» y escribe «prueba».