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Relato · Del catálogo de Margen

Entraron con el agua por las rodillas bajo el reactor 4

El agua les llegaba a las rodillas bajo el reactor 4 de Chernóbil el 4 de mayo de 1986. Alexéi Ananenko, ingeniero mecánico de turno, avanzaba sobre una tubería porque conocía de memoria los cruces que llevaban a dos válvulas manuales. Valeri Bezpalov, ingeniero de la misma central, iba con él; Boris Baranov, jefe de turno, mantenía la linterna orientada hacia el siguiente tramo.

Diez días antes, el reactor 4 había explotado durante una prueba y había abierto el edificio al aire. El agua empleada contra el incendio y en los sistemas de emergencia se había acumulado en niveles inferiores. Debajo quedaban las piscinas de burbujeo, grandes depósitos destinados a condensar vapor durante una avería. Quienes dirigían la respuesta querían vaciarlas antes de que el combustible fundido descendiera más. Las bombas podían extraer el agua, pero dos válvulas interiores debían abrir primero el paso.

La llamada llegó a Ananenko durante su turno. Había trabajado con aquellas conducciones y sabía dónde estaban los mandos dentro de un espacio que ya no tenía iluminación normal. Los planos mostraban el sistema; él conservaba la secuencia de giros y ramales necesaria para alcanzarlo desde dentro. La tarea no podía resolverse accionando un control en una sala intacta. Alguien tenía que atravesar la zona baja y mover los volantes con las manos.

Ananenko avisó a Baranov y pidió a otro trabajador. Había dos válvulas y quería que dos personas pudieran operarlas. Bezpalov fue elegido porque también era ingeniero de la central y podía acompañarlo por el trazado industrial. Baranov decidió entrar con ellos. Como jefe de turno, podía haberse quedado coordinando desde arriba, pero bajó para sostener la luz y prestar ayuda si uno de los mecanismos ofrecía resistencia.

La preparación ocurrió entre trabajadores que llevaban días dentro de una emergencia nuclear. Recibieron la información disponible sobre las mediciones de radiación en la parte superior del recorrido. Eligieron ropa impermeable, botas, guantes y protección respiratoria para reducir el contacto con agua y partículas contaminadas. No llevaban trajes capaces de aislarlos de toda radiación. La ropa establecía una barrera para volver, quitarla y pasar después por descontaminación.

Ananenko colocó dos dosímetros, aparatos que registran la dosis absorbida, a alturas distintas del cuerpo. Uno debía recoger la exposición en la parte superior y otro cerca del nivel del agua. Llevaba también una llave ajustable: si una válvula se resistía, podrían ganar palanca. Antes de entrar, el equipo reunido era breve y reconocible al tacto. En la zona dañada, buscar durante demasiado tiempo una herramienta significaba permanecer más tiempo allí.

Descendieron por accesos de servicio hacia las dependencias situadas bajo el bloque. La instalación eléctrica había fallado en esa parte de la central y los interruptores no devolvían las luces. La linterna de Baranov recortaba un trozo de pared, una unión de tuberías o el borde de un paso; todo lo demás quedaba fuera del haz. Ananenko no veía el recorrido entero. Identificaba cada fragmento y lo enlazaba con el plano que recordaba.

El suelo desaparecía bajo agua turbia en los sectores anegados. Los bomberos habían logrado reducir el nivel, de modo que no tuvieron que nadar ni sumergirse con botellas. Aun así, el agua alcanzaba aproximadamente las rodillas donde debían pasar y ocultaba obstáculos, huecos y restos. La expresión de buzos usada después en muchos relatos no describe sus movimientos: llevaban prendas protectoras y respiradores, y procuraban mantenerse por encima del agua siempre que el trazado se lo permitía.

Una tubería elevada ofrecía esa posibilidad. Ananenko recordó que avanzaron sobre ella, colocando los pies en el metal para evitar el fondo inundado. El diámetro permitía sostenerse, pero obligaba a cuidar cada apoyo. Bezpalov seguía la misma línea y Baranov ajustaba la linterna para que el siguiente paso entrara en el haz. Si la luz apuntaba al cruce que buscaban, dejaba los pies peor iluminados; si bajaba hacia las botas, desaparecían las señales de la pared.

En cada bifurcación, Ananenko comparaba formas concretas: el sentido de una tubería, una unión, la entrada a otro compartimento. Había conocido la instalación funcionando, con lámparas y accesos secos. Ahora debía reconocerla por partes, con el agua ocupando el plano inferior y los tres hombres concentrados en no perder la ruta de regreso. No tenían una flecha luminosa ni una cuerda tendida hasta las válvulas. La memoria del ingeniero ordenaba los cruces.

Siguieron el conducto hasta la zona de los mandos. Las válvulas pertenecían al sistema que permitía descargar las piscinas de burbujeo. Eran dos piezas manuales, separadas lo suficiente para que Ananenko hubiera pedido un segundo operador. La linterna encontró los volantes. El trabajo que había obligado a reunir tres hombres, ropa protectora, medidores y una ruta por tuberías terminaba en un gesto corriente de mantenimiento: agarrar metal y hacerlo girar.

Ananenko indicó a Bezpalov cuál debía accionar. Cada uno tomó una válvula. La llave ajustable estaba preparada por si el mecanismo se había deformado, oxidado o quedado demasiado duro, pero pudieron mover los mandos sin emplearla. Giraron hasta abrir la conducción. Sus manos no podían ver el agua salir del gran depósito desde aquel punto; esperaron la confirmación que el propio sistema podía ofrecerles.

Entonces oyeron el caudal. El agua empezó a correr por la tubería y el ruido llenó el tramo donde estaban. Era la comprobación inmediata de que las dos aperturas habían funcionado y de que las bombas podían continuar el drenaje. No necesitaban quedarse junto a los volantes mientras descendía todo el nivel. Ananenko guardó la referencia del lugar, los tres reorganizaron la marcha y Baranov volvió a dirigir la luz hacia el camino de salida.

El regreso exigía repetir los mismos cruces en sentido contrario. Sobre la tubería, el cuerpo ya llevaba el esfuerzo de la ida y las prendas húmedas entorpecían los movimientos. Bajaron al agua cuando el trazado lo imponía y volvieron a buscar metal firme cuando podían. La linterna seguía entregando el sótano por fragmentos. Ananenko reconocía una derivación, Bezpalov mantenía la distancia necesaria para no estorbarlo y Baranov conservaba el haz sobre ambos.

Al salir de la zona anegada, todavía quedaban los controles de contaminación. Se quitaron la ropa utilizada dentro y pasaron por las duchas. El lavado no fue un gesto ceremonial: los detectores comprobaban si persistía contaminación sobre el cuerpo. Bezpalov contó después que tuvieron que ducharse más de una vez porque seguían activándolos. Volvían al agua limpia, se lavaban y repetían la medición hasta poder abandonar la zona de descontaminación.

Ananenko entregó los dos dosímetros para que se leyeran. Los aparatos habían viajado a distintas alturas precisamente porque la radiación podía variar cerca del agua y a lo largo del recorrido. Él explicó años después que no recordaba una lectura extraordinaria al devolverlos. La misión acabó administrativamente con esos instrumentos fuera de su ropa, en manos de quienes debían registrar la exposición de los trabajadores.

El drenaje prosiguió con las bombas durante los días siguientes. Las válvulas abiertas permitieron evacuar el agua acumulada bajo el reactor mientras otras cuadrillas continuaban refrigerando, midiendo y construyendo accesos dentro de la central destruida. Ananenko, Bezpalov y Baranov regresaron a la estructura de turnos y tareas. Habían entrado porque uno recordaba el recorrido, otro podía abrir el segundo mando y el jefe decidió acompañarlos con la luz.

Durante años, artículos y documentales escribieron que los tres murieron por radiación pocas semanas después; era falso. Baranov murió en 2005, con sesenta y tantos años, por un problema cardiaco, mientras Ananenko y Bezpalov siguieron vivos durante décadas. El 26 de abril de 2018, Ucrania concedió a los tres la Orden del Coraje de tercera clase: Ananenko y Bezpalov la recibieron en vida y la de Baranov fue póstuma.

Ananenko siguió vinculado al sector nuclear y pudo relatar la operación con sus propios detalles: la llamada recibida en turno, la elección de Bezpalov, los dos medidores, la tubería usada para avanzar y el sonido del agua después de girar los volantes. En su recuerdo no necesitó atribuirse una despedida ni una certeza de muerte. Había una instalación dañada, una orden concreta y un trabajador que sabía llegar.

Décadas después, las fotografías de Ananenko y Bezpalov con sus condecoraciones mostraron los rostros envejecidos de dos hombres a quienes muchas versiones habían dado por muertos en 1986. El reconocimiento llegó treinta y dos años después de la bajada. A los periodistas que le preguntaron por qué había entrado, Ananenko les dio siempre la misma respuesta.

«Ese era entonces mi trabajo», dijo Alexéi Ananenko.