
Dormir poco no te regala horas extra: te las presta y las cobra con intereses. Esa es la tesis que Matthew Walker, neurocientífico de Berkeley, desarrolla en «Por qué dormimos».
Su idea central: el sueño no es tiempo muerto, es trabajo en otro turno. Mientras duermes, el cerebro consolida lo aprendido durante el día trasladando recuerdos del hipocampo (el almacén temporal) a la corteza (el almacén duradero), regula las emociones y hace limpieza. Dormir antes de estudiar prepara el terreno; dormir después, guarda la cosecha.
La mayoría de los adultos necesita entre siete y nueve horas, y recortarlas de forma crónica pasa factura a la memoria, al ánimo y a las defensas. Si quieres rendir más mañana, la decisión más productiva de hoy tiene forma de almohada.