Cuento las ventanas encendidas como quien cuenta monedas ajenas: sabiendo que ninguna es suya y que aun así abrigan.
En la del cuarto piso alguien plancha una camisa para un mañana que quizá no llegue con esa forma. En la de al lado, una pantalla azul vela a alguien que ya se durmió y sueña dentro de la luz que lo ignora.
Hay una ventana negra en mitad de la fachada, como un diente que falta en una sonrisa que insiste. Me pregunto quién se fue de ahí, qué mudanza, qué invierno.
Yo estoy en la calle, fuera de todos los planos, haciendo el recuento de las luces que otros dejan y que nadie me dio.
Mañana serán apagándose una a una y la ciudad quedará a oscuras, desnuda de su contabilidad de calor. Pero ahora, todavía, cada ventana es una promesa de que alguien, en algún sitio, tampoco puede dormir y hace de eso una lámpara.