Mientras tú necesitas siete u ocho horas, una jirafa se las arregla con una fracción de eso.
Duerme a ratos, muchas veces de pie y con un ojo casi pendiente del entorno, en siestas de pocos minutos. El sueño profundo de verdad apenas le ocupa unos instantes al día, a menudo doblando el largo cuello hacia atrás para apoyar la cabeza.
En la sabana, dormir mucho es un lujo peligroso: el que baja la guardia demasiado tiempo se convierte en cena.