
El vencejo común, ese que chilla en bandada sobre los tejados en verano, es casi incapaz de estar en el suelo: tiene las patas minúsculas y las alas larguísimas. Su sitio es el aire, y lo lleva al extremo.
Cuando termina la época de cría en Europa y vuela hacia África, muchos vencejos no vuelven a posarse durante meses. Un estudio que les colocó sensores diminutos comprobó que algunos ejemplares pasaron hasta diez meses seguidos en el aire. Comen insectos al vuelo, beben rozando la superficie del agua y todo apunta a que también duermen planeando a gran altura.
Solo tocan tierra para anidar. El resto de su vida transcurre volando, así que un vencejo joven puede recorrer millones de kilómetros antes de posarse por primera vez. Para él, aterrizar es casi la excepción.