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Por capítulos · Las 36 horas de agua · Del catálogo de Margen

Pura renuncia a sus seis horas delante de todos

Antes: Felisa Arcediano, acequiera de Valdeporrina, midió el canal: hay 28 horas útiles, no 36. Hoy quedan 33 y el canal cierra el día 11.

Viernes. Felisa llegó al salón de la comunidad con el cuaderno de hule en una mano y el acta de la Confederación en la otra, y con el número ya escrito: 33 horas de agua en el lateral 7, de las que sirven 25. Las otras tres se las habían llevado la parcela 1 y la 2 el jueves, con su turno firmado desde marzo, y esas no se discuten.

Eran las nueve menos cinco. Puso las dos cosas encima de la mesa de los papeles, abrió el cuaderno por la página del reparto y se quedó de pie, porque sentada no se puede leer en voz alta una lista que a la gente le va a doler.

Pura Mazuelas, presidenta de la comunidad de regantes desde 2011, se sentó en la primera fila. Lo había dicho el miércoles y lo cumplió: primera fila, con el abrigo en las rodillas y las manos encima del abrigo. No en la mesa. En la primera fila, como los demás.

Vinieron doce de los catorce. Faltaba la 14, que no viene nunca, y faltaba Donato Rebolledo, el guarda del canal, que no es de la comunidad pero lleva treinta años entrando en esta sala a oír lo que se dice. Felisa lo buscó dos veces con la vista antes de empezar.

A las nueve en punto leyó el acta entera, de arriba abajo, incluida la parte donde Begoña Larrauri, la técnica de la Confederación que firma el cierre de campaña, pone por escrito que el aforo del kilómetro cuatro mide ciento veinte y el canal lleva noventa y cuatro.

—Esto está firmado —dijo—. No es cosa mía.

—Nadie ha dicho que sea cosa tuya —dijo Olimpio Sanz, tractorista, el de la parcela 9—. Yo lo único que digo es que el día 3 pago el tractor igual.

—Lo sé.

—Son doscientos ochenta euros, Felisa.

—Lo sé, Olimpio. Está apuntado al lado de tus cinco horas.

Entonces leyó la lista. Cuarenta y nueve horas pedidas por las doce parcelas que faltaban. Veinticinco que sirven. Y, debajo, la resta hecha con lápiz de carpintero: veinticuatro.

Hubo el ruido de siempre, el de la gente que se mueve en sillas de plástico, y después habló Nazario Elorrio, de la 12, sesenta y tres años, sin levantarse.

—Mis seis horas son mías.

—Nadie ha dicho que no lo sean.

—Las tengo desde antes de que tú nacieras y no las he perdido ni el año de la sequía.

—Y el año de la sequía había cuarenta y una horas en el canal —dijo Felisa—. Lo he mirado en el cuaderno de mi tío. Página de agosto de 2012.

Nazario se quedó con el bastón entre las rodillas y no contestó. A Felisa le pareció la primera vez en tres días que alguien de esta sala se callaba por un dato y no por educación.

Propuso lo único que se podía proponer: un recorte igual para todos, la mitad de lo pedido, y las parcelas con cosecha viva por delante en el calendario. Chelo Bardají, la veterinaria, que riega la 3 y tiene doce hectáreas de girasol, hizo la cuenta en voz alta antes que nadie.

—La mitad de nueve son cuatro y media. Con cuatro y media no llego al día 8.

—Con cuatro y media no llegas.

—Entonces lo pierdo.

—Entonces lo pierdes, Chelo. Te lo digo aquí para que no te lo diga el campo el día 9.

Lo que vino después duró veinte minutos y no hace falta contarlo entero: Olimpio quería su día 3, Nazario quería sus seis horas, dos de la cola del lateral querían saber por qué tenían que pagar ellos la factura de un hierro doblado, y una mujer de la parcela 6 preguntó, muy razonablemente, quién había cobrado la derrama todos estos años si el agua no llegaba.

Felisa fue apuntando. No contestó a ninguno hasta que acabaron, porque su tío le había dejado dicho que en una asamblea se contesta al final y con el cuaderno delante.

Y cuando se quedó la sala en ese momento raro en que ya nadie tiene nada nuevo que decir pero nadie se levanta, Pura Mazuelas se puso de pie en la primera fila, se giró hacia las sillas y habló sin subir la voz, que es como habla siempre.

—Yo tengo pedidas seis horas para la parcela 5.

Nadie dijo nada, porque todo el mundo sabe que Pura tiene pedidas seis horas para la parcela 5.

—Las dejo. Las seis. Que se repartan entre los que tengan cosecha.

(Nadie había traído un papel para una cosa así, de modo que Felisa escribió la renuncia en el margen de la página del reparto, debajo de la resta, y Pura la firmó encima de la raya del lápiz.)

Olimpio fue el primero en hablar y lo hizo como habla él, sin maldad y sin tacto.

—Pura, que la 5 son tres mil metros de patata.

—Lo sé lo que son.

—Que la vas a perder.

—Eso también lo sé.

Chelo se levantó de la silla.

—Pura, yo no quiero tus horas.

—No son tuyas ni mías. Son de la comunidad y las reparte Felisa, que para eso tiene la llave. —Se puso el abrigo—. Y no voy a explicar por qué, así que no me lo preguntéis el domingo en misa.

—Pura —dijo Felisa, y se dio cuenta de que lo había dicho en voz demasiado alta—. Necesito un motivo para el acta.

Pura se paró en la puerta, con una mano en el marco. Miró el cuaderno abierto encima de la mesa, no a Felisa.

—Pon que la presidenta cede su turno completo. Eso es lo que ha pasado y eso es lo que hay que escribir.

—El acta pregunta el motivo.

—Entonces el acta se queda con una línea en blanco. Ya solo te faltan dieciocho, Felisa. Reparte.

Se fue a las diez y veinte. Doce personas la vieron salir y ninguna se levantó.

Felisa se quedó sola en el salón con las doce sillas de plástico y la estufa apagada. Hizo la resta otra vez. Veinticinco útiles. Cuarenta y tres pedidas, porque Pura acababa de quitar las suyas de la lista. Dieciocho horas que seguían sin existir.

En la casilla del motivo del acta escribió lo que Pura le había mandado escribir, y nada más. Después se quedó mirando la línea de debajo, la que el formulario deja en blanco para las observaciones, y acabó poniendo con letra pequeña, la que usaba su tío para las cosas que no le gustaban, lo único que sabía de cierto: «La presidenta riega la parcela 5 desde 1994. Es el primer año que no la riega.»