
En 1845 Thoreau se mudó a una cabaña que construyó él mismo junto al lago Walden, en Massachusetts, para averiguar cuánta de su vida era realmente suya. Se quedó dos años, dos meses y dos días. No era un ermitaño: iba al pueblo, recibía visitas. Era un experimento de contabilidad vital.
Su método consistía en restar: reducir la vida a lo esencial y mirar qué quedaba en pie. Llevó las cuentas de cada clavo y cada saco de judías, y su conclusión cabe en una palabra que repite como un martillo: simplifica.
Releerlo hoy escuece más que entonces, porque nunca ha sido tan fácil acumular compromisos, suscripciones y ruido. Walden no te pide una cabaña. Te pide una lista de todo lo que pagas con tu vida y una pregunta al lado de cada línea: ¿esto lo elegí yo?