Por capítulos · Las 36 horas de agua · Del catálogo de Margen
La compuerta del lateral 7 no cierra desde el jueves

Antes: Felisa Arcediano, acequiera de Valdeporrina, reparte 25 horas útiles entre 43 pedidas. Pura Mazuelas, la presidenta, cedió sus seis sin decir por qué.
Pura Mazuelas, presidenta de la comunidad de regantes, tenía en las manos un sobre de la Confederación doblado en cuatro cuando le abrió la puerta a Felisa, el lunes a las siete y media, con 30 horas de agua en el lateral 7. No lo soltó en toda la conversación. Felisa traía lo suyo: el acta del viernes con la línea del motivo a medio rellenar y el parte de esa mañana. El sábado y el domingo habían regado la 6 y la 8, tres horas entre las dos, firmadas y sin discusión. De esas 30, servían 22. Las otras ocho seguían siendo las del umbral, las que el día 11 iban a pasar por delante de las compuertas sin entrar en ninguna.
—Pasa, que se va el calor —dijo Pura, aunque la cocina estaba fría.
Pura vive sola en la casa de la plaza, la de la reja verde, desde que su hija se casó en Burgos. Tiene la cocina ordenada como se ordenan los papeles: lo de cada día a mano, lo demás en cajones. Puso dos tazas en la mesa y no puso café.
—Vengo por la línea del acta —dijo Felisa.
—Ya sé a qué vienes.
—Begoña me la pide para el cierre. La técnica de la Confederación no firma un acta con un hueco.
—Begoña firma lo que le pongas si está bien puesto. —Pura dejó el sobre encima de la mesa, entre las dos tazas, y lo alisó con la palma—. Léelo y luego me dices si lo quieres en el acta.
Era una carta de marzo de 2013, con el membrete de la Confederación arriba y un sello azul abajo. Dos párrafos. El primero decía que en la campaña de 2012 la comunidad de regantes de Valdeporrina había derivado por el lateral 7 un volumen superior al asignado, «equivalente a seis horas de turno». El segundo decía que, si se repetía, se abriría la revisión de la concesión.
Felisa lo leyó dos veces. A la segunda se le quedó la vista en la cifra.
—Seis horas.
—Seis.
—En el cuaderno de mi tío, en agosto de 2012, hay cuarenta y una. Ni una más. Lo miré el viernes para callar a Nazario.
—Claro que no hay ni una más. —Pura se sentó por fin, con el abrigo puesto—. Tu tío no las apuntó. Por eso no las encontraste.
Se lo contó sin adornarlo, que es como cuenta las cosas Pura. 2012 era su primera sequía de presidenta. Hubo cuarenta y una horas para cuarenta y siete pedidas, como ahora pero con menos falta, y ella no tuvo valor de quitarle a nadie su turno delante de la sala. Fue a hablar con el guarda del canal, el que entonces era Donato y lo sigue siendo, y le pidió que dejara abierto el lateral seis horas más de lo que tocaba. Donato no dijo que sí. Tampoco cerró. Las seis horas corrieron, regó todo el mundo, Nazario no perdió ni una de las suyas, y en marzo llegó el sobre.
—Tu tío me dijo que no lo apuntaba porque lo que no está escrito no ha pasado —dijo Pura—. Era una frase suya para todo. Yo pensé que me estaba haciendo un favor. Luego entendí que se estaba quitando de en medio.
—¿Lo sabe alguien más?
—Lo sabe la Confederación, que tiene la carta. Lo sabía tu tío. Lo sabe Donato. Y ahora lo sabes tú. —Golpeó el sobre con un dedo—. Los que regaron con esas seis horas no lo saben, y de esos, cuatro estaban el viernes en la sala.
Felisa miró la taza vacía.
—Por eso cediste las tuyas.
—Cedí las mías porque después de 2012 no le puedo pedir a nadie que renuncie a nada si no renuncio yo primero. Y porque este año no se puede regar ni una hora que no esté en el canal. Si se repite, no hay lateral 7 el año que viene. Ni para mí, ni para Chelo, ni para el nieto de Nazario.
—Eso lo podías haber dicho en la asamblea.
—Para decir eso en la asamblea tenía que decir lo otro. —Pura se levantó, cogió el sobre, lo dobló otra vez en cuatro y se lo metió en el bolsillo del abrigo, no en el cajón—. Pon en el acta que la presidenta cede su turno para que el reparto quepa en el agua que hay. Es verdad, y Begoña lo firma. La carta me la guardo yo.
Felisa escribió la línea allí mismo, en la mesa de la cocina, con el bolígrafo que llevaba enganchado en el cuaderno: «La presidenta cede su turno completo para que el reparto se ajuste al agua medida». Pura la leyó del revés, como el miércoles había leído el 28, y asintió una sola vez.
—Y ahora reparte, Felisa. Que ya no te queda ninguna excusa mía.
A las nueve y diez Felisa estaba en el kilómetro cuatro con la cinta de albañil en la mano. No lo había repetido desde el miércoles, y tenía que haberlo hecho cada mañana: el lateral entero, compuerta por compuerta, midiendo cuánto le faltaba al agua para llegar al labio del umbral. El miércoles, en la 1, sobraban once centímetros. En la 9 de Olimpio, cuatro. En la 12 de Nazario, dos y medio. Con tres horas menos en el canal, el lunes tenía que salir un poco menos en todas. Salió bastante menos.
En la 1, ocho. En la 9, uno y medio. En la 12, un centímetro escaso.
Hizo la cuenta de pie, en el pretil, con el cuaderno apoyado en la rodilla. Tres horas regadas no bajan tanto el canal. Algo más se estaba llevando el agua, y no era lo de la toma vieja, porque eso ya estaba el miércoles, cuando Begoña midió los veintitrés litros, y la cuenta del miércoles la tenía apuntada. A ese ritmo, el miércoles el agua ya no llegaba al labio de la 12, y Nazario Elorrio, el de las seis horas de siempre, se iba a quedar mirando una compuerta abierta y seca, que es lo que Begoña había dicho que pasaría el día 11, solo que antes de tiempo.
Bajó el lateral otra vez, más despacio. La toma vieja de la 14 estaba igual: la chapa, el alambre retorcido, el óxido sin tocar. Siguió hasta la compuerta 2, la de la parcela de los Cubero, que regaron el jueves por la tarde con su turno de marzo. La había cerrado ella misma el jueves a las siete y cinco, con su llave. Lo tenía apuntado en el cuaderno con la hora y su inicial: «Cerrada 19.05. F.»
El candado estaba echado. El tablero de la compuerta, abajo, en su sitio. Desde el camino parecía cerrada, igual que el hierro del aforo parecía bueno.
Pero detrás del tablero, en el brazal de los Cubero, corría agua.
Felisa se arrodilló en el hormigón. Metió la mano por el lado del tablero, donde la guía de hierro muerde la chapa, y tocó madera. Una cuña. Estaba metida por debajo, entre el tablero y el labio del umbral, y lo levantaba lo justo para que no se notara desde arriba: cuatro dedos. Por esos cuatro dedos salía un chorro liso, sin ruido, que no hacía espuma y no se veía hasta que te asomabas.
No la sacó. Su tío le había enseñado que en una compuerta no se toca nada antes de apuntarlo. Hizo dos fotos con el móvil, una de cerca y otra con el candado en el encuadre, y apuntó la hora: lunes, 9.48.
Luego siguió el agua.
El brazal de los Cubero no tenía por qué llevar agua: su turno se acabó el jueves a las siete y cinco. Pero el brazal no se acaba en la parcela. Al fondo, donde el camino tuerce, cruza la acequia vieja, la que bajaba a la Cerrada cuando la Cerrada tenía dueño y regaba como todas, y que nadie llegó a tapar cuando se dejó de pagar. Felisa la había visto toda la vida llena de cardos. Ese lunes tenía el fondo oscuro y blando, y los cardos tumbados hacia abajo, como se tumban cuando el agua lleva días pasando por encima.
Seiscientos metros. Los anduvo por la orilla, con los zapatos llenos de barro, hasta el alambre de la Cerrada. Al otro lado, las cuatro higueras y la morera estaban de pie en un charco ancho que brillaba debajo de las hojas. La tierra estaba tan empapada que el agua se quedaba encima.
Volvió a la compuerta 2 y se sentó en el pretil. Sacó el cuaderno, buscó la página del jueves, donde estaban su inicial y la hora del cierre, y debajo escribió lo que había visto, sin poner de quién sospechaba: en ese cuaderno solo se apuntan horas, centímetros y lo que se ve. Antes de cerrar el cuaderno volvió a meter la mano por el lado del tablero y tocó la cuña otra vez, para estar segura de lo que iba a escribir. Era madera clara y de fibra larga, que no es de chopo ni de pino. Es de morera.
Apuntó la última línea a las diez y dos, con la letra pequeña de su tío: «Compuerta 2 entreabierta cuatro dedos desde el jueves. El agua baja por la acequia vieja a la Cerrada.»