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Microrrelato · Del catálogo de Margen

El paso de cebra

Lo pintaron un lunes, de noche: un paso de cebra nuevo, blanquísimo, en una calle donde no cruza nadie. A Elena le hizo gracia. Los ayuntamientos hacen esas cosas.

El martes siguiente juraría que estaba más cerca de su portal. Lo midió a pasos, contando baldosas, y se rio de sí misma. La semana después ya no se rio: la primera franja empezaba donde antes acababa la tercera. Nadie más parecía notarlo. Los coches seguían pasando por encima, indiferentes; la pintura seguía impecable, sin una rozadura, como recién hecha.

Elena dejó de mirar. Se aprendió el truco de salir con los ojos en el móvil y torcer enseguida hacia la parada.

Esta mañana, al abrir el portal, la primera franja blanca empezaba exactamente en su felpudo. Al otro lado de la calle, el semáforo que nunca ha existido en esa acera se puso en verde, y el muñequito echó a andar.