
Entras al McDonald’s a las cuatro y cuarto, vas al baño, la limpiadora acaba de fregar y te sonríe con el trapo en la mano.
Se llama Fátima —lo has visto en la tarjeta, la lleva colgada del pecho— y cobra el minuto que tú vas a tardar.
Se aparta. Te esperas. La miras entrar en el otro baño y empezar otra vez.